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Declaración de Principios

La propiedad privada de los medios de producción determina en cualquier sociedad las relaciones del trabajo, las relaciones humanas y todos los aspectos de la vida.
En el sistema capitalista de producción el trabajo es exterior al obrero, no pertenece a su esencia; por lo tanto el obrero no se realiza sino que se niega en su trabajo; no se siente bien sino desdichado; no desarrolla sus energías físicas e intelectuales libres sino que desgasta su físico y arruina su intelecto. El obrero se halla fuera del trabajo en sí mismo y fuera de sí en el trabajo. Esto produce la reversión de todos los valores humanos.
En una sociedad que hace de la explotación del hombre por el hombre la base de su existencia, la alienación impide ver y reconocer al ser humano en uno mismo y al que se tiene enfrente, contradice los sentimientos de solidaridad, mutila los vínculos de fraternidad.
El capitalismo no sólo contradice la condición humana, sino que atenta contra la permanencia de la especie. El planeta tierra está siendo destruido. La causa es la voracidad capitalista, la irracionalidad de un sistema socioeconómico obligado por la lógica de su propio funcionamiento al crecimiento constante en pos del lucro, con prescidencia de las necesidades de la humanidad, y a periódicos momentos de crisis en los que, también en pos del lucro, se hace necesaria la destrucción masiva de vidas humanas y bienes materiales. Mientras tanto, el imperativo irracional del crecimiento provoca la destrucción de los ecosistemas y amenaza con extinguir las fuentes de vida del planeta.
Desde que la sociedad humana se dividió en clases, hubo resistencia y combate contra la opresión y la explotación. Pero a partir de la victoria del capitalismo frente al feudalismo y el predominio del modo capitalista de producción a escala mundial, las luchas sociales del naciente movimiento obrero industrial se fusionaron con el pensamiento más avanzado de su época y dieron lugar al socialismo científico, plasmando un siglo y medio atrás en un cuerpo teórico denominado marxismo. 
El marxismo es a la vez la interpretación científica de la sociedad capitalista y la afirmación de un modo de pensamiento que, en una síntesis superadora del desarrollo del intelecto humano a través de los siglos, condujo a la concepción materialista de la historia y a la reapropiación de la dialéctica que, sobre esa base, permite inteligir la realidad en su constante mutación. Los instrumentos teóricos legados por el pensamiento humano a través de miles de años y corporizados en el marxismo permiten que la razón desmenuce la realidad para interpretarla y hacen posible contraponerle una respuesta que no tiene nada de utópico, de sueño irrealizable, sino que es precisamente lo único real, aunque circunstancialmente parezca lejano e imposible.
El marxismo es la racionalidad para interpretar el presente e imaginar el futuro, contra la irracionalidad del presente capitalista y su negación de todo futuro. La razón asiste a quienes sufren la naturaleza inhumana del capitalismo, a quienes se rebelan contra él. La interpretación racional de la realidad es por sí misma un himno contra la propiedad privada de los medios de producción, contra la economía de mercado, contra la doctrina y la práctica del capitalismo, contra el espectáculo horrendo del mundo contemporáneo.
No es fácil descubrir las leyes que rigen el movimiento del mundo de hoy, interpretar el curso vertiginoso de los acontecimientos y actuar efectivamente sobre ellos. Tanto menos porque lo que fuera el marxismo oficial durante décadas, desvirtuó a tal punto la herramienta que, a menudo, parece inservible. La tarea exige esfuerzo, rigor, seriedad. No se parece en nada al papel de pontífices que visten los oropeles del ritual y leen las sagradas escrituras. Y excede las fuerzas de individuos o grupos de estudiosos.
Recuperar el marxismo de la confusión en que lo han hundido muchos de sus aparentes cultores y del anatema de anacronismo que se apuran a aplicarle sus enemigos, no es una tarea para nostálgicos. Tampoco para sectarios aferrados a las respuestas que ya han encontrado para siempre. Por el contrario, expresa la creencia de que el materialismo histórico y la dialéctica materialista son el punto más alto en el desarrollo de la autoconciencia alcanzado por la humanidad a través de su devenir histórico.
Los descubrimientos teóricos del marxismo están plenamente ratificados por el transcurso del tiempo; pero dada la relación directa e inseparable entre ciencia y lucha de clases, no ya los vacíos de aquel cuerpo teórico, sino precisamente el núcleo vital de su concepción, exige una constante investigación, reelaboración y adecuación.

Nada más ajeno al marxismo que la idea de repetir fórmulas genéricas en cualquier momento o lugar. La verdad es concreta, sostiene un postulado fundamental de esta concepción. Ello no autoriza sin embargo las calificaciones pseudoteóricas que llaman a superar el marxismo. La superación del marxismo, en cuanta concepción teórica y guía para la acción, no será posible hasta que sean superadas las bases históricas que le dieron vida. Es decir, aquellas que dividen a la sociedad en clases, mutilan al ser humano y transforman al trabajo en sufrimiento y cadenas, en mera lucha por la supervivencia.
Recomponer la unidad entre investigación científica y acción política, disociadas y víctimas de las deformaciones y vicios correspondientes -teoricismo y empirismo- no es una tarea académica; requiere la fusión de los dirigentes genuinos de masas con el pensamiento y la acción revolucionarias. Demanda el estudio sistemático, la investigación de la realidad en su permanente transformación, el seguimiento paso a paso de los hechos concretos en Argentina y el mundo, analizados desde una óptica de clase que sólo puede afirmarse en la práctica diaria del movimiento obrero real.
El partido revolucionario marxista es una organización cuyos miembros no sólo adscriben a una posición teórica, sino que asumen una pertenencia de clase y una decisión de lucha que se manifiesta en la voluntad de actuar disciplinada, generosa y desinteresadamente, en función del propósito rector de educar y organizar a la clase obrera y al conjunto del pueblo oprimido, en la perspectiva de la toma del poder por parte de la clase de los explotados, la expropiación de los medios de producción, la instauración de una democracia de los trabajadores y la construcción de una sociedad socialista, al compás de un proceso que por su naturaleza misma tiene carácter internacional y que deberá ser llevado a cabo por los trabajadores de todo el mundo. El papel del partido consiste en educar y organizar a las masas y prepararse para dar respuesta en todos los planos y en las más diversas situaciones.
La sociedad a la que aspiramos y nos proponemos construir estará fundada en la propiedad social de los medios de producción, democráticamente autogestionados en función de las necesidades del bienestar, la educación, la felicidad y el constante perfeccionamiento del ser humano; estará fundada sobre el principio de solidaridad entre los hombres y los pueblos; donde los trabajadores democráticamente organizados serán protagonistas de todas las decisiones y dueños de los frutos de su trabajo.
Una sociedad donde las grandes mayorías de la población hablen, se organicen y decidan por sí mismas y gocen de manera irrestricta de las libertades públicas y los derechos individuales para manifestarse sin censura ni represión en todos los planos de la vida colectiva, la creación artística y la búsqueda sin límites de la ciencia.
Una sociedad donde no exista ninguna forma de opresión o discriminación por sexo, sexualidad, raza, religión o ideas políticas.
No buscamos medidas paliativas a los males sociales causados por el capitalismo; ni administrar la crisis del sistema. No pretendemos moderar la explotación: queremos eliminarla de la organización del trabajo, la vida y las conductas.
La superación del marxismo en el plano teórico expresará así la transformación de la vida con la eliminación de la sociedad dividida en clases, la desaparición del Estado -siempre y en todos los casos instrumento de dominación de una clase sobre las demás- y señalará el momento en el cual la humanidad comience a alumbrar la sociedad comunista. Un fruto consciente de los propios trabajadores. Un proceso continuo de creación colectiva. Una sociedad en la que la moneda de cambio sea la alegría del pan y del trabajo.

CAPITALISMO, FAMILIA Y PATRIARCADO 
El capitalismo no inventó la discriminación femenina, pero heredó el patriarcado y lo mantuvo como una institución funcional a su dominio. La subordinación social de la mujer y su inserción como fuerza laboral secundaria es una característica esencial del sistema capitalista patriarcal.

Reconocemos la existencia de una opresión común y específica de las mujeres y reconocemos como válido el concepto de relaciones de género, porque hace referencia a la diferenciación impuesta socialmente a los seres humanos en base a diferencias sexuales biológicas.

La familia nuclear compuesta por padre-madre-hijos, surgió con la organización industrial burguesa de la sociedad a fines del siglo pasado. Las formas de familia han sido diversas a través de la historia, pero el capitalismo convirtió al modelo constituido bajo su dominio en algo eterno y natural. Surgió así infinidad de unidades individuales responsables cada una de su propia supervivencia.
La familia ha sido depositaria del lugar del afecto y gestación de los hijos, pero ese aspecto ha encubierto su rol fundamental en la reproducción ideológica de las ideas dominantes. Ella es el ámbito del control de la sexualidad de las mujeres (necesario para la burguesía para la transmisión de la propiedad), el lugar donde se educan los hijos en las normas, valores y costumbres de la sociedad de clases.
La familia cumple la función, a veces invisible pero eficaz, de ser la matriz para legalizar la desigualdad; los niños aprenden su ubicación en la estructura de clases y en la jerarquía entre los sexos; sienta las bases para que las relaciones autoritarias, jerárquicas y discriminatorias sean vistas como algo natural e inevitable; prepara para la obediencia.
El consumismo penetra en la familia al multiplicar las necesidades de cada unidad doméstica, los valores del mercado se introducen también en los ámbitos proletarios, aunque no puedan alcanzarlos en el plano material.
La fuerza de trabajo del ama de casa se desperdicia en el nivel más bajo de su rendimiento; ella es particularmente vulnerable a los mensajes conservadores del sistema y la burguesía genera líneas de acción política hacia las mujeres propiciando su atraso ideológico. El lugar secundario de la mujer en el hogar se convierte en discriminación en el mercado de trabajo.
Los roles femeninos históricos: esposa- madre, prostituta, expresan la ruptura de su identidad; la lucha contra esa alienación específica de la mitad de la población, confronta con las bases de la sociedad mercantil que necesita de la enajenación de la conciencia para perpetuarse.
Poner en evidencia la discriminación sexista no implica asumir la existencia de una homogeneidad de género masculina o femenina en términos absolutos, porque las diferencias de clase definen fronteras categóricas, pero sí comprender que enfrentar la opresión sexista conduce al cuestionamiento de los valores capitalistas, porque el capital no puede dar respuesta a los reclamos básicos de las mayorías de las mujeres trabajadoras y populares sin negarse a sí mismo.
Defendemos la autoorganización de las mujeres en movimientos autónomos, plurales y democráticos y asumimos, desde una perspectiva revolucionaria marxista, que el proceso de producción y reproducción de la vida, las relaciones entre los sexos, forman parte de la lucha ideológica y política; que la construcción de un hombre y una mujer nuevos requiere romper las relaciones alienadas entre los sexos y demoler la concepción de familia.
Definimos a la sociedad como capitalista patriarcal porque entendemos que no es posible luchar contra el capital sin enfrentar al patriarcado. La teoría revolucionaria marxista, el balance histórico de las experiencias no capitalistas de la Unión Soviética, países del Este y la edificación del socialismo en Cuba, demuestran que no es posible construir la sociedad comunista sin la movilización de las mujeres contra su opresión. La perspectiva de las luchas femeninas frente al siglo XXI pone en evidencia el carácter objetivamente antimperialista y anticapitalista de su plena emancipación.

MOVIMIENTOS SOCIALES Y PARTIDOS POLÍTICOS: TEORÍA Y PRÁCTICA 
Los movimientos sociales que luchan contra cualquier forma de opresión son una fuente de enriquecimiento del pensamiento y la acción revolucionaria. Entre ellos, el movimiento feminista expresa en su heterogeneidad las reflexiones y prácticas surgidas desde las propias mujeres para erradicar la discriminación sexista y sexual en cualquiera de sus formas.
De igual manera contribuyen los movimientos de aborígenes en Argentina y con mayor incidencia en América Latina, en cuanto a la defensa de sus derechos fundamentales y sus reivindicaciones culturales y sociales.
La contraposición entre los llamados “nuevos movimientos sociales” y los partidos políticos sólo puede existir como problema teórico con base objetiva cuando el partido en cuestión lo es en el sentido burgués del término: un aparato organizativo en el cual personas que tienen como profesión su participación en el juego político institucional, defienden intereses sea de los propios aparatos, sea de sectores o clases sociales, dentro del sistema.

Un partido político cuyo objetivo es transformar la sociedad sobre la base de acabar con la explotación y la opresión en todas sus formas y cuya estructura no esté edificada sobre carreristas y oportunistas, no puede tener ninguna contradicción de fondo con un movimiento social genuino.
Un movimiento social genuino no es un área de opresión o explotación sobre la cual trabajan agrupamientos más o menos numerosos, más o menos alentados por sentimientos de igualdad y fraternidad, mejor o peor financiados por fundaciones internacionales o zonas ambiguas de los aparatos estatales. Un movimiento social genuino es la idea de emancipación -o la mucho más elemental noción de autodefensa- respecto de un tema que afecta a un sector significativo de la población, cuando ésta toma cuerpo real en los sujetos víctimas de la sociedad clasista y patriarcal y esa toma de conciencia o disposición a la autodefensa adquiere carácter de masa, se mantiene en el tiempo y funciona sobre la base de la participación real de sus componentes en la toma de decisiones.
La contraposición se plantea entre los movimientos sociales entendidos como aparatos sin participación real, efectiva y sostenida del sector social en cuestión, con financiación no proveniente del movimiento mismo, y los partidos entendidos como aparatos ajenos a las necesidades inmediatas e históricas y a la vida cotidiana de las masas. En este caso, el choque tiene carácter de necesidad y es, a término, insoluble.
Si tanto el partido como el movimiento social considerados son genuinos en el sentido arriba indicado, el conflicto adquiere carácter de contradicción dialéctica y se plantea estrictamente en el terreno de la acción política.
Es posible que los cuadros y militantes políticos a quienes llamaremos genuinos para diferenciarlos de carreristas, oportunistas y aventureros, tengan en la práctica enfrentamientos serios con sus pares de movimientos sociales. Estos choques tienen base en tres fuentes.
Una de ellas es la cultura militante impuesta en la izquierda durante décadas por el stalinismo, la socialdemocracia y diferentes expresiones del populismo burgués (y que pesa de manera sobresa-liente incluso -y a menudo especialmente- en quienes se suponen ajenos a esos orígenes políticos), que lleva a la apropiación y manipulación de los movimientos sociales y trueca al militante en dirigente con carácter de necesidad en cualquier situación, momento y lugar.
La otra es el resultado obvio en la acción común de un movimiento que, como tal y precisamente por serlo, traduce el nivel de conciencia y organización del sector en cuestión, necesariamente diferente de quienes tienen una definición a priori contra el capitalismo, basan su acción política en una interpretación teórica de la sociedad y buscan su propósito de manera organizada.
La tercera fuente de probables conflictos es de otra naturaleza y plantea dificultades de otro orden. Los movimientos sociales no necesariamente tienen un carácter de clase claramente definido. Por lo general, lo contrario es verdad. En este punto, la contradicción con un partido que expresa los intereses históricos de la clase obrera puede adquirir un significado diferente.
Como en todas las demás áreas de su accionar, por tanto, la conducta de un partido anticapitalista en relación con los movimientos sociales requiere ante todo unarecomposición de la cultura militante, extirpando del accionar cotidiano -y de la manera de pensar- conceptos que provienen directamente de la ideología burguesa. A partir de allí, será con total naturalidad que se resolverán los conflictos objetivos necesariamente planteados entre dos fuerzas de naturaleza diferente. En cuanto a la contradicción señalada en tercer lugar, siempre sobre la base de que el movimiento social genuino representa el ansia colectiva de un sector de la sociedad contra algún tipo de opresión o discriminación, el partido deberá poner en primer lugar en su consideración táctica la necesidad de que ese movimiento se afiance y extienda, con lo cual éste aumentará el grado de confrontación con el sistema y dará un espacio mayor para el esclarecimiento ideológico y político de sus componentes.
Los movimientos sociales constituyen una base irremplazable para cualquier perspectiva seria de transformación revolucionaria. Por eso mismo, los teóricos de la burguesía no los han ignorado. Con aguda percepción estratégica y celeridad en la acción, apuntaron desde hace mucho a dos núcleos débiles de este fenómeno político-social: su rechazo a la acción política (a menudo justificada, si se tiene en cuenta la manipulación que intentan con ellos los partidos burgueses y no pocos de izquierda) y sus necesidades financieras.

Mediados por organismos y personas de cuya honorabilidad y buenas intenciones no cabe dudar en la mayoría de los casos, el imperialismo ha penetrado en toda América Latina y en el resto del Tercer Mundo, financiando incontables organismos que promueven y/o participan de movimientos sociales. En muchos casos, esos organismos subsidiados están integrados por militantes de organizaciones destruidas por la represión, imbuidos de las mejores intenciones de cambio profundo en la sociedad capitalista. La aceptación de recursos económicos provenientes de fundaciones o grupos no identificados con ese cambio, es entendida como un medio para alcanzar un fin diferente. Esta racionalización tiene como base objetiva en la inmensa mayoría de los casos la penuria extrema del militante, su aislamiento organizativo, su orfandad y confusión ideológica y política. No faltan, tampoco, ejemplos notorios de abierta corrupción. En todo caso, el mecanismo gesta en su dinámica una relación de necesidad que en términos generales acaba por transformarse en una pérdida de autonomía. Cuando menos autónomo es un agrupamiento de este tipo -al cual a menudo propios y ajenos confunden con un movimiento genuino- más quiere proclamarse autónomo de un partido político que choque en términos reales y efectivos con el orden instituido. Los subsidios imperialistas están destinados a crear verdaderos caballos de Troya en el movimiento de masas que objetivamente tiende a confrontar con el sistema.
De allí que llevar el bisturí hasta el hueso en la reformulación de una cultura militante para erradicar los conceptos mesiánico/autoritarios -en suma: idealistas, no marxistas- y las formas de manipulación copiadas de la burguesía, es tan imprescindible como diferenciar muy cuidadosamente los movimientos sociales genuinos de las caricaturas financiadas directa o indirectamente por el imperialismo.

PARTIDO DE MASA Y VANGUARDIA REVOLUCIONARIA 
Dada la premisa de una sistemática aceleración de la crisis e intensificación de confrontaciones sociales múltiples y violentas a escala mundial, se plantea a la humanidad una vez más la alternativa de socialismo o barbarie. Esto, sin embargo, no significa que la consigna socialismo sea un eje para el reagrupamiento de fuerzas y la acción de masas.
Bajo el influjo de la crisis capitalista es habitual, entre ciertas corrientes marxistas, decir que están dadas las condiciones objetivas para la revolución, limitando la carencia al factor subjetivo. Se trata de un planteamiento erróneo, producto de una aplicación metafísica, mecanicista, de la definición de Lenin acerca de una situación revolucionaria. De este modo, por una parte se confunde o directamente no se tiene en cuenta la subjetividad de las masas -su nivel de conciencia, su conducta social y política- y por otra se escinden los componentes objetivos y subjetivos de una situación como si ambos pudieran existir de manera autónoma.
Ocurre que a la hora de disputar el poder a la burguesía (el poder político del Estado o el poder en una fábrica durante una huelga, en un barrio durante una movilización popular, etc, la subjetividad de las masas en su conjunto es un factor objetivo. De manera que nunca, mientras las masas estén bajo el control efectivo de la ideología de la clase dominante, estarán dadas en plenitud las condiciones objetivas para la revolución, por muy grave que sea la crisis del capitalismo.
Ver en cualquier manifestación de lucha social un paso hacia la revolución o reducir la superación del factor subjetivo a la edificación de un aparato partidario con posiciones revolucionarias, son las consecuencias prácticas de aquella interpretación teórica idealista y mecanicista.
La posibilidad de edificar con éxito una alternativa revolucionaria no reside en cambiar un grupo por otro, aquel dirigente por éste o reemplazar una algarabía de siglas por la suma algebraica de todas ellas. Esa posibilidad existirá o no a partir de que el factor objetivo que hasta ahora no coincide con la perspectiva de una revolución, es decir, la conciencia y la conducta cotidiana de los trabajadores en primer lugar y el conjunto del pueblo luego, se transforme efectivamente y admita, al menos como perspectiva, la necesidad de una alternativa revolucionaria que hasta ahora no estuvo entre sus preocupaciones. Toda acción, toda instancia organizativa que contribuya en los hechos a crear la base material para que se desarrolle positivamente ese proceso en la conciencia y la práctica de las masas, seránecesaria desde una perspectiva revolucionaria. A la inversa, toda organización o acción que dificulte o bloquee esa experiencia, adquirirá en los hechos un carácter contrario a la perspectiva de un cambio socialista.
Esto puede sintetizarse en la necesidad de conquistar la unidad social y política de los trabajadores. Pero tal unidad no incluye -por el contrario, excluye- la unidad ideológica en una organización política de masas con base en los obreros y a partir de la cual plasme la alianza de éstos con el conjunto de los asalariados y sectores oprimidos de la sociedad.
La división social y política de los trabajadores y sus aliados naturales constituye el punto nodal sobre el cual el imperialismo y las burguesías locales afirman su estrategia contrarevolucionaria. Por lo mismo, la unidad social y política de los trabajadores es no sólo un valor en sí mismo -cualquiera sea el signo ideológico-políticco circunstancial que adopte esa estructuración- sino, dada la gravedad de la coyuntura, una urgente y crucial necesidad política de carácter no ya estratégico, sino táctico concreto.
Lejos de ser una posición ajena a los principios marxistas, la necesidad de actuar orgánicamente aunados con corrientes diferentes en el seno de los trabajadores constituye el punto de partida de la teoría y la práctica cuya continuidad reivindicamos. En el documento ideológico-político fundamental de Marx y Engels, el Manifiesto Comunista, puede leerse: “Los comunistas no son un partido aparte, frente a los demás partidos obreros. No tienen intereses separados de los intereses de todo el proletariado. No establecen principios especiales según los cuales pretenden moldear el movimiento proletario. Los comunistas sólo se diferencian de los restantes partidos obreros por la circunstancia de que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios destacan y hacen valer los intereses comunes de todo el proletariado, independiente de la nacionalidad; por la otra, por el hecho de que, en las diversas fases de desarrollo que recorre la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre el interés del movimiento general”. 
Tal ratificación de la primera columna en el edificio teórico-político del marxismo no niega la necesidad, incorporada luego a la práctica y la teoría ante las exigencias concretas de la lucha por el poder, de una organización de vanguardia o, como suele formularse, de un partido de cuadros. La vanguardia revolucionaria es el núcleo capaz de sintetizar la experiencia histórica de todas las épocas. Esa vanguardia debe tener capacidad para ligarse, de aproximarse y hasta cierto punto de fundirse por así decir, con las más amplias masas trabajadoras, con los proletarios en primer lugar, pero también con las masas trabajadoras no proletarias.
El acierto de una organización revolucionaria se juzga por su efecto sobre el accionar de la clase obrera en un sentido ascendente, no por el envilecimiento de la misma ni utilizando formas políticas de propaganda que se valen de las peores supersticiones filosóficas, jurídicas o religiosas, poniéndose así a cubierto de todo desviacionismo de tipo populista u oportunista.
Este es el destacamento constituido por aquellos militantes -particularmente los que surgen de las filas obreras- dispuestos a abrazar la causa de la revolución socialista, a formarse en los principios teóricos y en el legado político histórico del marxismo, a actuar disciplinadamente según las reglas del centralismo democrático, a dedicar su vida a la tarea de educar y organizar al proletariado y estar en la primera línea de combate, levantando el programa del socialismo científico, a la hora del asalto al poder.
La contradicción entre partido de masas y organización de vanguardia no tiene una manera única de resolución. Ella se desplegará de acuerdo con las características particulares y concretas de cada país y momento histórico. Cualquier generalización es contraria a la otra roca inamovible del pensamiento marxista: la verdad es concreta.
Por lo mismo que esa resolución depende de manera estricta de las particularidades nacionales y la evolución de las relaciones de fuerzas, carece de sentido elaborar esquemas válidos para todo momento y lugar. Ello no obsta la afirmación de principios generales que regirán la conducta de quienes rescatan el significado real de la condición de comunistas: su organización como tales -con carácter de partido, corriente, tendencia, etc, según las condiciones concretas de cada país-; la ratificación de principios, la investigación y el desarrollo teóricos en todas las áreas; la búsqueda de respuestas concretas para los problemas concretos; la organización de instancias regionales, continentales y mundiales para elaborar desde una óptica internacional una respuesta internacional, adoptar estrategias complementarias y eventualmente fijar objetivos y coordinar acciones en común.
En Argentina y en tantos comunistas, la primera tarea consiste en trabajar en todos los planos para viabilizar una recomposición de fuerzas marxistas, tanto en el sentido ideológico como en el terreno organizativo y el de la acción política. Pero ese objetivo resulta inviable sin la asunción previa de la necesidad de promover e integrar toda forma de posible unidad social y política del conjunto de los trabajadores, a la cual sólo se pondrá como condición la independencia respecto de la burguesía y sus instituciones, la honestidad de sus dirigentes y la decisión de enfrentar la ofensiva capitalista sobre la base de la democrática y plural participación de todas las corrientes comprometidas con los intereses de los trabajadores.

DEMOCRACIA Y REVOLUCIÓN 
No entendemos la democracia como un concepto absoluto e inmutable. Lo único absoluto es la constante búsqueda en pos de la plenitud del hombre en todos los órdenes. La democracia griega, máxima expresión del avance de la humanidad en su tiempo, hoy sería considerada una feroz dictadura esclavista e imperialista. Del mismo modo, la Constitución de Estados Unidos era el punto más alto de la democracia hace 200 años; pero si no hubiese sido enmendada, hoy sería un modelo de tiranía institucional. Los hacendados y capitalistas reunidos en Filadelfia al redactar las leyes tomaron todos los recaudos para preservar sus intereses. Enmendarlas requirió una guerra civil y una ardua e ininterrumpida lucha de aquellos cuyos intereses no habían estado representados en aquel Congreso. El texto actual es incomparablemente más avanzado y, a no dudarlo, en lo que hace a libertades públicas y derechos individuales traza un límite del cual la humanidad no retrocederá en su marcha histórica. Pero no es menos incompleto que el redactado en 1787 y, sobre todo, no contempla los intereses de los esclavos de hoy más de lo que lo hacía aquél con los esclavos de entonces.
Por otra parte, no confundimos las garantías civiles y los derechos individuales con el sistema que los permite o los niega. Aquellos son el resultado de la permanente tensión de fuerzas entre el conjunto de la población por un lado y un puñado de capitalistas por el otro. Y también del resultado de ese choque de fuerzas en el plano internacional, lo cual, dicho sea de paso, permite a menudo que la expoliación, la opresión y la ausencia de derechos democráticos para muchos pueblos se traduzca en bienestar y goce de amplias libertades para otros cuyo conjunto ciudadano usufructúa de ellas sin conciencia de la sangre que costó a sus ancestros y cuesta a sus contemporáneos de países dominados y cree, equivocadamente, que las tiene por gracia del cielo y para siempre.
De acuerdo con las circunstancias un mismo sistema socioeconómico puede permitir o negar el ejercicio de las libertades democráticas. Lo que importa establecer en esta relación, por tanto, es si la realización plena y el ejercicio universal de esas libertades favorecen o, por el contrario, se contrapone al desarrollo de un determinado sistema socioeconómico.
La experiencia histórica demuestra que existe una contradicción históricamente irresoluble entre la vigencia y ampliación de las libertades democráticas y un sistema estructurado a partir de la propiedad privada de los medios de producción y economía de mercado, del mismo modo que prueba la inviabilidad a largo plazo de un sistema de propiedad colectiva y planificación económica sin el más amplio ejercicio de la democracia en todos los terrenos.
Además de no ser un concepto ajeno al espacio y el tiempo, la democracia tiene una determinación de clase y a ella está sujeta. No se trata de negar que la necesidad del hombre -conciente o no, expresa u oculta- de gozar de libertad, tenga un carácter universal y atemporal. Mucho menos se trataría de relegar el hecho de que cada conquista en ese camino ha sido fruto de la lucha y el sacrificio de las mayorías y jamás de la graciosa concesión de las minorías dominantes. Se trata de afirmar que es preciso añadir el carácter de clase al concepto de democracia y diferenciar tajantemente la democracia burguesa de la democracia de los trabajadores.
Esto no sólo porque un mismo derecho democrático -por ejemplo votar- no es lo mismo si el sistema alimenta con fabulosas cantidades de dólares aparatos políticos que defenderán con exclusividad, contra toda razón y sentimiento humanitario los intereses de los grandes capitalistas, que si el sistema demanda elegir entre diferentes personas y proyectos para gobernar una sociedad en la cual no rija el lucro ni la posibilidad de apropiación privada del sacrificio de los demás y no exista la necesidad de transformar a los candidatos en burdas mercancías; no sólo porque una misma libertad -por ejemplo la libertad de prensa- no es la misma si quienes la ejercen lo hacen en la jungla de las grandes empresas capitalistas de comunicación que intoxican al planeta o en un sistema en el cual no exista la mercantilización de la noticia y la obligada manipulación de la verdad; no sólo porque la alienación -respecto de los demás hombres, del producto de su esfuerzo, de la naturaleza y de sí mismo- que presupone la obligación de vender la fuerza de trabajo hace del hombre en un sistema capitalista un ser esencialmente inhabilitado no ya para ejercer sino incluso para reconocer la libertad. Es preciso calificar y diferenciar tajantemente la democracia burguesa de la democracia de los trabajadores, porque así como la serpiente está en el huevo, aquella lleva en su seno la determinación que la obliga a contraponerse violentamente a las libertades civiles y las garantías individuales.
En la misma medida en que el capitalismo no puede desarrollarse y sostenerse sin oprimir, explotar y reprimir, sin destruir constante y crecientemente la naturaleza, seres humanos y bienes materiales, necesita, en algún punto de su evolución, volverse contra las libertades democráticas.
Todo por el contrario, la democracia de los trabajadores -y el calificativo indica igualmente que no se trata de una democracia absoluta, perfecta y definitiva ni excluye la presión del Estado contra quienes desafíen su existencia- necesita para sobrevivir una permanente ampliación y profundización que eventualmente produzca un nuevo cambio cualitativo y llegue a eliminar el aparato del Estado.
Estos conceptos son perceptibles a simple vista en el actual panorama internacional: en la ex Unión Soviética y Europa del Este, donde la superación del sistema capitalista permitió avances extraordinarios en materia social, la feroz dictadura de la burocracia stalinista desembocó en el estallido y desaparición de la URSS; mientras tanto, en las potencias capitalistas, donde los años de bonanza de posguerra llevaron las libertades y derechos civiles a niveles jamás alcanzados en una sociedad determinada por la explotación, la reaparición de la crisis económica viene acompañada por signos estremecedores de derechización y ha instaurado ya una dinámica política internacional de sistemático ataque a los derechos democráticos en todos los órdenes.
El corolario es transparente ahora: el socialismo no puede existir sin la democracia de los trabajadores; el capitalismo sobrevive a expensas de la democracia burguesa.
En el porvenir inmediato las libertades democráticas en nuestro continente y en el mundo dependen de la actitud que adopten frente a ellas los gobiernos y partidos burgueses, dado que ellos tienen en sus manos la iniciativa política en el terreno internacional. Pero esa actitud depende a su vez de las perspectivas del capitalismo. De modo que estamos en el umbral de una formidable ofensiva contra los derechos civiles y las garantías individuales en todos nuestros países.
Cuando las dictaduras militares que cubrieron la geografía latinoamericana se mostraron incapaces de responder al desafío de las masas que reclamaban justicia social y libertades democráticas, el imperialismo que había alentado y en muchos casos directamente impuesto aquellos gobiernos represivos, se calzó el disfraz de demócrata y lanzó una formidable campaña destinada a cooptar ese sentimiento genuino que crecía en el continente.
El saldo de esa victoriosa maniobra está a la vista: la política económica a favor de las transnacionales y las burguesías asociadas, que aplicada por las dictaduras se descargó salvajemente sobre los pueblos latinoamericanos, la misma política que acentuó la regresiva distribución de riquezas a favor de los monopolios, aceleró la centralización de capitales, endeudó a nuestros países y hundió a nuestra gente en una miseria mayor aún de la que sufre secularmente, se continuó aplicando, incluso con rasgos más brutales, mediante los gobiernos constitucionales que reemplazaron a las dictaduras.
Transcurrida una década de aplicación exitosa de esta táctica del imperialismo -a la cual la propia CEPAL denominó década perdida, aludiendo al retroceso absoluto en la situación económica del subcontinente- el sentimiento democrático de las masas comienza a dar paso a la frustración general.
Esto coincide con el agravamiento de la crisis económica de los países centrales y la violenta repercusión de ese fenómeno sobre el Tercer Mundo y particularmente sobre América Latina y el Caribe. Allí donde la transición de la dictadura a la democracia burguesa dio lugar a la conformación de fuerzas políticas genuinamente populares con arraigo en las masas la revelación del carácter fraudulento del discurso democratista de las burguesías y el imperialismo aceleró el desarrollo y afianzamiento de alternativas de carácter antimperialista y socialista a la ofensiva capitalista.

El más nítido ejemplo de esto es el Partido dos Trabalhadores de Brasil, que a fines de 1989 rozó la victoria en las elecciones presidenciales llevando como candidato a un obrero metalúrgico que proponía una respuesta socialista a la crisis; el mismo que ahora figura en las encuestas como vencedor para las elecciones presidenciales de octubre de 1994. Pero en la mayoría de los países -y por una desgraciada combinación de factores que no es el caso tratar aquí- la transición no plasmó en la edificación de fuerzas de masas con programas capaces de responder al desafío desde los intereses de las grandes mayorías y la frustración, el desaliento, la desorganización, comenzaron a crecer en las filas de los trabajadores y las masas populares.
Esta dinámica, ya claramente visible en muchos de nuestros países, plantea un peligro que no podría ser exagerado. Precisamente la indiferenciación entre los conceptos de democracia burguesa y democracia de los trabajadores, error que planea sobre buena parte de las organizaciones políticas, militantes e intelectuales sinceramente progresistas, da lugar a que la furia que crece en las masas latinoamericanas contra la brutal expoliación imperialista y la vergonzosa entrega del patrimonio nacional por parte de las burguesías locales, tienda a identificarse con el odio a los regímenes políticos -las democracias burguesas- que aplican esos programas antinacionales, antiobreros y antipopulares, en lugar de transformarse en odio al sistema capitalista y voluntad de lucha por una sociedad socialista.
Ese es el inequívoco, el desesperado mensaje que tratan de transmitir los trabajadores y desocupados -mayoritariamente jóvenes- que en el cordón industrial del Gran Buenos Aires votan a un coronel involucrado en los crímenes de las fuerzas armadas, cabeza de los intentos de golpe de Estado contra el primer gobierno constitucional luego de la dictadura y líder de un minúsculo partido que en 1991 obtuvo el 20% de los votos en las barriadas más pobres y desde entonces no ha dejado de crecer en todo el país. Ese es el mensaje que hicieron oir con su pasiva pero estridente aquiescencia las mayorías del pueblo venezolano cuando un grupo de militares se levantó contra la política fondomonetarista de un gobierno socialdemócrata: si con la bandera de la democracia se superexplota, se hambrea, se entrega el patrimonio y se reprime; y si las fuerzas políticas genuinamente democráticas y populares no se ponen a la cabeza de la denuncia y la acción contra esos regímenes, mostrando hasta las últimas consecuencias la diferencia entre la democracia burguesa y la democracia de los trabajadores y encontrando el camino para defender las libertades democráticas sin connivencia alguna con la burguesía y el imperialismo y sin concesiones al chantaje de éstos en torno de las banderas de la democracia, inexorablemente las masas respaldarán a demagogos populistas o directamente fascistas que con ese apoyo dividirán las filas populares, derrocarán a los frágiles gobiernos democrático-burgueses (en muchos casos con la colaboración activa de esos mismos gobiernos) y arrasarán con todas libertades democráticas y los derechos civiles.
Este es precisamente el plan estratégico del imperialismo. Pero la condición para que ese curso sea nuevamente exitoso es que las grandes mayorías, el hombre común, los obreros y campesinos, los desocupados y estudiantes, las amas de casas y los ancianos abandonados, no consigan comprender la fundamental diferencia entre democracia burguesa y democracia de los trabajadores.
Muchos se preguntan, asombrados, porqué Estados Unidos, supuesto vencedor absoluto de la guerra fría y amo indiscutido del mundo, supuesto arquitecto incontestable de un no menos supuesto Nuevo Orden Internacional, parece obsesionado por derrocar al gobierno de Fidel Castro y acabar con la Revolución Cubana. Es tan grande la desproporción entre el poderío económico, político y militar aplastantes de Estados Unidos y la gravísima situación de Cuba en esta coyuntura internacional, que a primera vista resulta absurdo que los hombres de Washington estén constantemente conspirando y acosando por todos los medios a la minúscula isla, mientras la gran prensa internacional no cesa de anunciar cada semana y para la semana siguiente, desde hace dos años, la caída del gobierno revolucionario.
La respuesta a ese aparente contrasentido es que Cuba encarna una democracia diferente. Una democracia que no permite la libertad de los monopolios y de manera inmisericorde clausura los derechos de quienes pretenden implantar allí un sistema como el que está llevando a América Latina a un desastre humano sin precedentes, pero da libre curso al protagonismo de obreros, campesinos, profesionales y estudiantes, jóvenes y viejos, negros y blancos, comunistas o cristianos.

No es por los inocultables defectos y limitaciones de la democracia de los trabajadores de Cuba -limitaciones y defectos reconocidos por las propias autoridades y los más destacados intelectuales cubanos- que el imperialismo centra su artillería en la isla, sino precisamente por su virtud esencial, su naturaleza de clase. 
El colapso del stalinismo revivió y dio nuevo ímpetu al pensamiento original de la revolución cubana y afirmó en sus líderes la convicción de que la profundización de la democracia de los trabajadores es no sólo la mejor sino la única manera de defender la revolución en esta hora crucial en el que debe afrontar, virtualmente sola, la furiosa embestida imperialista.
El proceso de Rectificación de Errores y Desviaciones iniciado en 1985 por impulso del propio Fidel Castro, dio lugar a una significativa renovación de cuadros y a la participación del conjunto de la población -adherente o no al partido- en la discusión de los temas que éste debía resolver.
No se trata de un proceso acabado. Y resultaría sencillo exponer ejemplos de rasgos copiados a la ex URSS que perviven todavía en el sistema político cubano. Pero justamente lo decisivo es que existe el convencimiento de que el socialismo no puede existir sin la constante profundización y perfeccionamiento de la democracia de los trabajadores. No importa cuántas dificultades deba afrontar ese proceso; lo cierto es que la participación de obreros y campesinos, de las masas urbanas y rurales en la búsqueda de respuestas efectivas al ahogo económico provocado por el colapso de la URSS y el bloqueo imperialista, así como la participación del conjunto de la población en las tareas militares de defensa frente a la creciente agresión teledirigida desde el Pentágono y el Departamento de Estado, constituyen la máxima expresión del ejercicio democrático de las mayorías.
Si un obrero además de elegir a sus dirigentes, controlarlos, cuestionarlos y cambiarlos, puede participar efectivamente en la discusión de las medidas económicas a adoptar frente a la crisis y en la dirección de su fábrica para reorganizar la producción; si además de tener derecho a la libre expresión y garantías para defender posiciones opuestas a las mayoritarias, tiene trabajo, asistencia sanitaria y educación gratuitas; si un pueblo además de elecciones con alternativas reales entre los candidatos, no tiene niños arrojados a la calle, jóvenes desocupados, ancianos desprotegidos, mujeres sometidas y sectores discriminados por su color de piel o sus creencias religiosas; si el ciudadano además de urnas tiene armas a su alcance, la conclusión es que ese pueblo tiene más libertad, más derechos, más plenitud, que el de cualquier país capitalista. Y si las masas del conti-nente, sin excluir al pueblo estadounidense, tienen la oportunidad, asimilarán masivamente esa conclusión.
La democracia de los trabajadores vigente en Cuba, que defiende la soberanía nacional, la autodeterminación de su pueblo y el proyecto socialista de sociedad que ya ha alcanzado extraor-dinarias conquistas sociales y puede exhibir en todos los órdenes la ventaja de ese sistema frente al resto de América Latina, es hoy un modelo de formidable potencia, un ejemplo trascendental frente a la falsa alternativa entre democracia burguesa y gobiernos militares con veleidades antimperialistas. La posibilidad de que ese ejemplo sobreviva y alcance a ser visualizado por las masas del continente precisamente cuando el capitalismo muestra su irremediable tendencia a la crisis y a la eliminación de las libertades democráticas, quita el sueño a los estrategas imperialistas en Washington, pero también en París y Madrid, en Londres y Roma y explica la aparentemente absurda obsesión por ahogar a Cuba y aplastar la revolución. De allí que la defensa de los derechos civiles y la garantías individuales en las democracias burguesas del continente está indisolublemente amarrada a la defensa del derecho de Cuba a la paz, la soberanía y la autodeterminación.
Por otra parte, es preciso asumir que los liberales ya no son un motor de la democracia y no se puede contar con ellos -ni con los regímenes que gobiernan- para extender y profundizar el ejercicio de las libertades y derechos civiles. El papel jugado en esta etapa por liberales como Raúl Alfonsín en Argentina, Ulisses Guimaraes en Brasil o Carlos Andrés Pérez en Venezuela, entre otros, constituyen una prueba irrefutable de esa afirmación. Más aún, es preciso asumir que por connivencia con las fuerzas más reaccionarias o por los efectos de las políticas económicas que aplican y defienden, ellos están enteramente en el campo de quienes marchan en dirección a la restricción y finalmente la eliminación de todos los derechos y garantías democráticas para las vastas mayorías de la población.

Desde el punto de vista teórico, resulta obligada la diferenciación entre democracia burguesa y democracia de los trabajadores y el reconocimiento de que entre una y otra media una revolución. Y no apenas una revolución política, sino revolución social que cambie la naturaleza del Estado.

Desde el punto de vista político, la defensa de las libertades democráticas no puede ir separada de la defensa del patrimonio nacional -saqueado descaradamente por las transnacionales al amparo de las democracias burguesas-, de la oposición al pago de la fraudulenta deuda externa, de la lucha por el pleno empleo, la salud y la educación gratuita, el salario justo.
Es suicida contraponer el supuesto Estado de Derecho al clamor de las masas que sufren las convulsiones de la crisis capitalista y las medidas de ajuste aplicadas por gobiernos constitucionales, sí, pero no democráticos. Del mismo modo que es suicida separar la defensa de la democracia en nuestros países de la defensa incondicional de Cuba frente al bloqueo y la agresión.
Se trata por tanto de articular un programa que anude la lucha por las libertades democráticas con la lucha antimperialista, por la soberanía y la justicia social. Pero no bastaría empeñarse en dar vida a ese programa en cada país. En esta etapa histórica de crisis del capitalismo y en esta particular coyuntura internacional, la defensa -tanto más la extensión y profundización- de las libertades democráticas a lo largo del continente, requiere la formulación de un programa de lucha continental contra el imperialismo y una enérgica labor destinada a conformar un bloque antimperialista desde Alaska a Tierra del Fuego que unifique a todos los partidos, instituciones y personalidades comprometidas en los hechos con la defensa de la libertad y la democracia, con el derecho a la soberanía y la autodeterminación de los pueblos. Sólo una fuerza de esta naturaleza y dimensión podrá gravitar incluso sobre los miles de suboficiales y oficiales jóvenes de las fuerzas armadas de la burguesía que muestran signos de rebelión contra la voracidad fondomonetarista, delineando una política destinada a encolumnarlos en una verdadera lucha antimperialista que aísle y anule a los núcleos fundamentalistas y ultrareaccionarios que, en caso contrario, tendrán la oportunidad de volver a ser, con otros ropajes, lo que siempre han sido: verdugos del pueblo en función de los intereses del gran capital.
Esa fuerza multifacética, plural y abarcadora de las grandes masas latinoamericanas y caribeñas ya está en gestación. Los cuatro encuentros de partidos del Foro de San Pablo han comenzado a edificar ese frente de lucha contra el enemigo común. Es necesario empeñarse al máximo para que ese intento se transforme, cuanto antes, en realidad militante en cada uno de nuestros países. Es necesario también extender ese criterio de unidad de acción a los trabajadores y los pueblos de todo el Tercer Mundo, así como a los trabajadores y sectores sociales oprimidos de los propios países imperialistas. Urge la acción inmediata, enérgica, solidaria, en defensa del derecho a la vida, el derecho a la alimentación y la vivienda, a la educación y la salud, el derecho elemental a la dignidad humana que el imperialismo hoy le niega a nuestros pueblos.

PROGRAMA ESTRATÉGICO Y PROGRAMA DE ACCIÓN 
Desde una perspectiva revolucionaria marxista no existen dos programas diferentes en términos conceptuales: uno para el futuro indefinido (máximo) y otro para el presente continuo (mínimo).
La noción de programa máximo y programa mínimo es un derivado de la concepción reformista, opuesta por el vértice a la óptica revolucionaria.
La concepción teórica y la práctica histórica de los revolucionarios marxistas -comenzando por Marx con su crítica al Programa de Gotha- tampoco acredita la existencia de un programa único, constituido por consignas generales, válidas para todo momento y lugar, que la militancia deberá repetir cualquiera sea la circunstancia.
Contra estas expresiones metafísicas de la concepción de un programa, se afirma una concepción que traza con la mayor precisión dable los objetivos, formas y métodos de un proyecto revolucionario, y los expresa en cada momento mediante consignas que permitan transitar la distancia entre la realidad inmediata y el fin a alcanzar, consignas que, por definición, se adecuan permanentemente a las circunstancias inmediatas.

En mundo unificado por el mercado mundial capitalista (y esto no es una novedad a resultas de la revolución cibernética, como sostienen quienes en este tardío descubrimiento fundan su escepticismo respecto de cualquier posibilidad de transformación real de la sociedad) la revolución social es internacional por su contenido, pero es a la vez nacional por su forma.
La misma interrelación dialéctica existente entre forma y contenido opera entre programa estratégico y programa de acción. Las definiciones programáticas de un partido revolucionario hunden por tanto sus raíces en dos territorios diferentes: por un lado, el de la voluntad de transformación basada a su vez en la interpretación de los fundamentos materiales del desarrollo histórico a escala mundial y, por el otro, en las condiciones inmediatas de un país determinado en un momento dado.
La Internacional Comunista en sus primeros cuatro Congresos elaboró el concepto de “reivindicaciones transitorias”, que luego sería retomado en el programa aprobado por el Congreso fundacional de la IV Internacional. Pero los epígonos transformaron conceptos en recetas, las que a su vez se transformaron en lo que precisamente señaló como peligro el IV Congreso de la IC: frases carentes de toda “vinculación con las condiciones concretas de tiempo y lugar”; y un subterfugio consistente en “introducir reivindicaciones transitorias en el programa como una medida oportunista”.
El programa comunista se propone impulsar las organizaciones obreras campesinas y populares mediante las cuales las grandes masas puedan plantearse la toma del poder y la instauración de la dictadura del proletariado (entendida como el gobierno de los Consejos obreros, campesinos y populares, protagonistas directos del poder político, que en función de la más amplia democracia para los trabajadores y sus aliados ejercen su dictadura de clase contra las clases y sectores enfrentadas con la revolución).
El programa comunista se propone socializar los medios de producción, dando lugar a una economía democráticamente planificada, capaz de acabar con el trabajo enajenado, de satisfacer todas las necesidades de las masas y avanzando hacia la neutralización total de la ley del valor en el funcionamiento de la economía.
El programa comunista se propone también socializar el poder político y la cultura, instaurando el ejercicio directo del poder de decisión de las masas en sus organizaciones, y el irrestricto derecho de las masas a la búsqueda científica y la creación artística.
El programa comunista se propone preservar la naturaleza y planificar la producción y la satisfacción de las necesidades colectivas en armonía con los requerimientos del ecosistema.
El programa comunista se propone eliminar los organismos represivos y encargar al pueblo en armas la defensa de la revolución y la seguridad pública.
El programa comunista se propone edificar un Estado basado en los Consejos obreros, campesinos y populares, cuyo propósito estratégico, entendido en términos históricos, consiste en suprimirse como tal y dar paso al reino de la libertad en la que, extinguidas, las clases, se hace innecesario un instrumento para que una de ellas se imponga a las demás.
El programa comunista parte de la concepción de que el capitalismo y su contraparte, el proletariado, son internacionales, y que por tanto el socialismo sólo será tal cuando los trabajadores del mundo hayan derrocado al sistema explotador en los países más altamente desarrollados y sea posible reemplazar el mercado mundial capitalista por la comunidad internacional de pueblos libres.
Como reivindicaciones transitorias los comunistas entendemos aquellas que permiten recorrer el camino entre la situación actual y estos fines estratégicos. Por tanto, en aquéllas estarán presentes éstos. Dos ejes fundamentales para la elaboración de esas reivindicaciones son los conceptos de control obrero y la decisión de que el mayor número posible de trabajadores y sectores populares se involucren en la resolución de todos los problemas planteados en la lucha de clases en sus diferentes fases y niveles: desde los comité de fábrica o barriales, hasta las milicias obreras para enfrentar a las bandas fascistas o parapoliciales.
Dado que un tema central en la estrategia revolucionaria es la alianza de los obreros con las clases medias del campo y la ciudad (pequeños y medianos campesinos, pequeña burguesía industrial y comercial urbana), un lugar importante entre las reivindicaciones transitorias lo ocupan aquellas tendientes a forjar, consolidar y mantener esa alianza (tales como la preservación de los depósitos bancarios de los pequeños ahorristas, el crédito barato para los pequeños campesinos, industriales y comerciantes).

Sobre estos fundamentos, la búsqueda, elaboración y formulación de un Programa de Acción es la tarea más delicada del partido revolucionario marxista y el empeño en el que se verifica si sus cuerpos dirigentes responden o no a las expectativas de la militancia partidaria que, por definición, debe ser la más fina antena para detectar todas las necesidades y requerimiento del movimiento obrero en primer lugar y del conjunto del pueblo, así como los cambios en la conducta colectiva y las mudanzas en el estado de ánimo de las masas.

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