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Eslabón 153 – Después del cuarto paro general

Septiembre de 2018 – En coincidencia con el cuarto paro general realizado por la CGT contra el gobierno de Mauricio Macri, el 25 de septiembre, éste firmaba en Nueva York un acuerdo complementario con el FMI. Los adelantos sobre el préstamo de 50 mil millones de dólares pasarán en este año de 6000 a 13400 millones y, en 2019, de 11400 a 22800. Además, al monto inicial se suman otros 7100 millones de dólares. A cambio, la Casa Rosada se comprometió a reducir en 3 puntos el gasto fiscal, para llegar al déficit cero (sin considerar el pago de intereses) en 2019.
¿Qué significa esto? En primer lugar, el nulo efecto del paro, pese a la masividad absoluta del cese de actividades. En segundo lugar, que Macri tiene garantizada la sostenibilidad financiera de su gobierno hasta 2020. En tercer lugar, que está en curso y a toda vela, con pleno respaldo del mundo desarrollado, el saneamiento capitalista del desastre macroeconómico subyacente en la realidad argentina, legado por el gobierno anterior.
Antes había ocurrido otro hecho de gran significación: en medio de la conmoción de la crisis, con buena parte del espectro político argentino a la espera de la renuncia de Mauricio Macri, gobernadores de 22 de las 24 provincias acudieron el 11 de septiembre a la Casa Rosada, convocados por el Presidente tras aprobar el presupuesto del año próximo. Luego posaron para la correspondiente foto con el primer mandatario, todos sonrientes.
Como acompañamiento del paro tuvo lugar el acto de un sector sindical minoritario que, reunido en un minúsculo recinto cerrado de un club de fútbol, lanzó consignas como si estuviese organizando una huelga insurreccional para tomar el poder. Allí el titular del sindicato de camioneros, Hugo Moyano, ofreció su vida en defensa del salario obrero y otros oradores, tanto más radicales cuanto menos significación sindical ostentan, le hicieron coro. El grueso del aparato sindical, sin embargo, sólo se apresta a reabrir negociaciones paritarias para nivelar el escandaloso desfasaje de acuerdos hechos sobre la base de un 15% de inflación, para un año que tras el torbellino se estima que podrá llegar a entre el 45 y el 50%.
Hay indicios de que el gobierno ya tiene programada esa reapertura de negociación salarial e intentará con eso contrarrestar el sordo malestar generalizado por la disparada de precios. Mientras tanto, también se filtran informaciones respecto del acuerdo interpartidario para aprobar en pocos días el presupuesto 2019. Queda confirmada de esta manera la existencia actuante de un frente amplio burgués (FAB) que respalda al actual gobierno. Cabe reiterar que este frente de facto, gestado y conducido por el gran capital, incluye al sindicalismo venal (que no está sólo en la Confederación General del Trabajo), así como a la iglesia católica y otros credos (muy particularmente el judaísmo sionista, con marcada presencia en el gobierno). “Hay que cuidar a Mauricio”, dice ahora el papa.
Hay más ejemplos de la existencia actuante del FAB. Cámaras patronales del campo y la industria absorbieron con apenas quejas en sordina el impuesto de emergencia por dos años que aplicó Macri a las exportaciones. El mismo día en que los gobernadores acudían a la Casa Rosada, con el precio del dólar oscilando entre 38 y 40 pesos (una devaluación superior al 100%), 407 empresarios del Consejo Interamericano de Comercio y Producción (Cicyp) se reunían para un almuerzo en el Hotel Alvear. Según informa Francisco Jueguen, cronista del diario La Nación, el organizador, Adrián Werthein, subrayó que el empresariado tiene “la obligación de apoyar al Gobierno y a sus ministros. Hay muchas cosas que se hicieron mal, y el Gobierno lo reconoce, pero no estamos para poner el dedo en la llaga”. Y lanzó la voz de orden: “Es un momento para apoyar, señores”.
Antes, Macri había mantenido una comunicación telefónica con Donald Trump, quien según se informó, prestó total apoyo a la gestión del Presidente. Lo reafirmó su flamante embajador en Buenos Aires, Edward Prado: “Argentina tiene todo el apoyo de Estados Unidos”, declaró al diario mencionado. Horas después, Macri departió largamente con Angela Merkel, la canciller alemana. Previamente, cuando formalizó el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, Macri había recibido esos mismos respaldos, más el del presidente chino Xi Jinping.
Tal la amplitud del frente burgués. Sin la certeza de ese factor determinante para la relación de fuerza entre las clases, la coyuntura se hace ininteligible. De allí deviene la total desorientación de esa hibridación imposible entre postkirchnerismo e infantoizquierdistas, capaz de imposibilitar al grueso del activo político la comprensión de la situación y de la dinámica en curso.

Naturaleza e impacto de la crisis
Desde principios de mayo, cuando comenzó la escalada, resultó evidente que alguien sacude el árbol en Argentina para que caiga la manzana.
La crisis precipitó al impulso de una inusual combinación de factores: disminución en unos 7 mil millones de dólares por exportación cerealera (cayó en 35% la producción a causa de inundaciones seguidas de sequías); alza de la tasa de interés por parte de la Reserva Federal en Estados Unidos; crisis en Brasil, crisis en Turquía… De pronto se redujo el ingreso de divisas propio y se secó el flujo crediticio hacia Argentina.
Es indudable el enorme impacto de estos factores sobre una política basada en el endeudamiento constante y creciente para mantener el déficit fiscal, provocado por la herencia y la decisión oficial de no cortar subsidios ni despedir estatales, sostener la obra pública a gran escala y llegar así exitosamente a las elecciones presidenciales de 2019 para después, en un marco de crecimiento relativo y sin urgencias electorales, completar el saneamiento. La quimera se esfumó.
Sin embargo estas causas objetivas no son suficientes para explicar el colapso de la moneda. Se podría argüir, con razón, el peso de la estridente impericia (o refinada perversidad; o ambas) de altos funcionarios como el ministro de Hacienda y el ex presidente del Banco Central. Aún así, no es todo. Quedan entonces dos incógnitas: ¿quién sacude el árbol? ¿la manzana está verde o pasada de madura?
Dicho de otro modo: ¿quién, con la mesa servida, alentó la crisis cambiaria entre mayo y septiembre? ¿qué quiere y puede hacer el gobierno frente a la embestida?
Empeñado como estaba en derrocar a Nicolás Maduro, el presidente de Argentina desatendió los riesgos que desde sus frágiles cimientos amenazan a la economía argentina. Perdió el control de un sector de las fuerzas sobre las que se apoya y trastabilló de tal manera que hasta llegó a entusiasmar al club del helicóptero.
Macri debió beber su propia medicina y se encontró en la situación en la que pretendió colocar al mandatario venezolano: giro económico inmanejable, confusión y parálisis política, aumento en flecha del malestar social.
La paradoja de esta coyuntura consiste en que detrás de ella no hay un desafío opositor, mucho menos una embestida de la clase trabajadora, sino una feroz lucha interburguesa en lo más alto de la pirámide capitalista. Por razones no totalmente develadas, en el centro de la estrafalaria coalición que acorraló a Macri está el Grupo Clarín. A su turno, se sumó La Nación. Y tras este mascarón de proa se encolumnaron factores más bien disonantes en un concierto sin Director: restos desesperados del kirchnerismo, un puñado de Bancos y… el infantoizquierdismo.
Está claro por qué convergió Cristina Fernández en este bloque circunstancial con su archienemigo Clarín: la aceleración de los juicios contra ella y su grupo de funcionarios y protoburgueses frustrados avanza como una lenta pero devastadora maquinaria. El maratón de grandes empresarios corriendo a tribunales para declararse arrepentidos y acusar a la ex presidente la sepulta como candidata vencedora para 2019. La coloca además muy cerca de la cárcel, junto con una cincuentena de funcionarios y empresarios. Hay muchos desesperados, incluso antes de que entren en la lista sindicalista, jueces, dirigentes de otros partidos y clérigos de diferentes religiones. Era urgente adelantarse.
Clarín y su cohorte mediática pueden haber tenido intereses más mezquinos aun al poner en jaque a su gobierno por una disputa crematística (¿publicidad, concesiones, acaso hombres de su equipo en el gabinete ministerial o… en la Corte Suprema?). Tal conducta agitadora de Clarín, radio Mitre, TN, La Nación et altri, difícilmente previsible, podría también explicarse con la aparición días atrás de una campaña, timoneada desde Washington, para acabar con la moneda nacional y dolarizar Argentina.
En cuanto a los Bancos involucrados, no hay misterio en sus propósitos: algunos, íntimamente asociados al régimen anterior, saben que han perdido la partida; otros, hicieron fabulosas ganancias oportunistas jugando con el subibaja del dólar, que pasó entre mayo y septiembre de 25 a 40 pesos.
La verdadera incógnita está en la adhesión del infantoizquierdismo a este bloque contra natura, así como de amplias capas del activo militante que oscilan entre la aproximación a los restos del kirchnerismo, la agitación semianarquista sin estrategia y la confusión respecto de la coyuntura, aunque por detrás de todos ellos esté, claro, la voluntad de detener la avanzada del capital tras el propósito de sanear el sistema económico y recomponer, a su medida, el sistema político argentino en ruinas.
La simplificación consistente en insultar a Macri como persona y calificarlo como “neoliberal” impide comprender la etapa y, por lo mismo, estar en condiciones de enfrentarla. Desconoce la estrategia de las clases dominantes locales e ignora la del imperialismo, que coloca a Argentina como polo alternativo a Venezuela y el Alba. Se ignora el efecto del frente amplio burgués y por lo mismo se hace el juego a las cúpulas sindicales, a los peores elementos del peronismo y al reformismo socialdemócrata, que forman parte de ese bloque estratégico. Con las mejores intenciones, por supuesto. Pero con los resultados a la vista.
Macri no fugó en helicóptero. Siempre sobre la cuerda floja, a la fecha el gobierno parece en condiciones de dar vuelta la crisis enfilándola en favor de sus planes de saneamiento. Eso implica el dólar a 40 pesos, con el cual se licúan las deudas cuantiosas del Estado, se mejora la situación fiscal y se coloca al aparato productivo en mejor posición según el proyecto de país subordinado.
Parece evidente que al peso del FAB no se lo puede vencer cortando la intersección de Callao y Corrientes o desquiciando cotidianamente la vida ciudadana, en perjuicio en primer lugar de los trabajadores que deben acudir a sus tareas. Por el contrario, esto completa la enajenación de las clases medias y las pone a disposición del fascismo.
Mientras tanto vienen meses (¿6, 9, más?) de recesión e inflación. Eso dará lugar a mayor protesta social. Pero el grueso de esas próximas luchas está hegemonizada y teleguiada por el capital, a través de dirigencias sindicales y agrupamientos políticos ajenos a una raíz y una estrategia antisistema.
Es improbable que tales movilizaciones lleven a la caída de Macri. Con todo, dada la gravedad de la situación económica, si finalmente se resquebrajara el poder y culminara en un colapso, la perspectiva no sería en ningún caso un retorno del elenco enmascarado como “nacional y popular”, tanto menos conducido por Cristina Fernández. En las actuales condiciones, tal resultado llevaría a la disgregación nacional, la desarticulación del aparato productivo y el caos general. Esta perspectiva, improbable a corto y mediano plazos, téngase en cuenta, ocurriría con la existencia de un poderoso frente amplio burgués nacional e internacional y la ausencia total, también a escala nacional e internacional, de un frente de clases oprimidas encabezado por el proletariado. ¿Quién es el comandante que aspira a acelerar la entrada a esa batalla?
Es obvio que la militancia antimperialista y anticapitalista no puede sustraerse a las luchas por mejoras salariales y reclamos económicos arguyendo que están hegemonizadas por sostenedores del sistema capitalista. Tampoco es el caso de arredrarse ante las perspectivas a las que arrastra la crisis capitalista. En cambio, es preciso hallar el camino para que la resistencia no derive primero en frustración, redunde luego en beneficio de la estrategia oficial y eventualmente acabe en un colapso de enormes consecuencias, prólogo de una salida abiertamente fascista del gran capital.
Está cambiando, otra vez, el contexto hemisférico. Para que esa mudanza tenga un desenlace positivo y sea posible iniciar una nueva etapa en el continente, resulta imperativo que, en Argentina y en un período de intensificación de la protesta social, la respuesta del activo militante frente a las masas conlleve a cada paso el fortalecimiento en la perspectiva de un frente clasista y popular, con inequívocas definiciones antimperialistas y anticapitalistas. Todo lo que no contribuya a esto, favorece la estrategia de Macri y el FAB que lo sostiene.

Un programa anticapitalista para la acción
Rechazar los efectos de la crisis capitalista y limitarse a condenar a los individuos que le dan la respuesta necesaria desde el punto de vista de la clase dominante es un acto de suprema hipocresía o de imperdonable ingenuidad. Organizar una manifestación y allí cantar consignas con insultos a Macri es prueba de lo bajo que ha caído la acción contestataria en Argentina. Una organización revolucionaria tiene la obligación de explicar a su militancia y a la población que, precisamente, la situación del país no responde a la perversidad o estupidez de tal o cual gobernante, sino a la lógica inexorable del sistema. Cuando se ve una columna de jóvenes cantando insultos contra el Presidente se percibe el deslizamiento de la conciencia a la irracionalidad, de la militancia al lumpenaje.
Esto ocurre porque quienes conducen tales manifestaciones no pretenden cambiar las relaciones de producción sino los nombres de quienes usufructúan el poder en su beneficio (sacar a Macri, que es un empresario malo y reponer a Fernández, que es… una empresaria buena). Pero también ocurre porque organizaciones de izquierda se dejan arrastrar por ese jolgorio insensato y quedan a remolque de conducciones proburguesas y de las cúpulas sindicales que les sirven. Así, paradojalmente, cuanto más combativismo trasunta un agrupamiento, más semeja una comparsa ajena a la clase trabajadora, más lejana a un programa de lucha efectivo, más distante de una dirección creíble y confiable. Mientras tanto, los aumentos salariales (por lo general única reivindicación y siempre por debajo de la inflación) los pactarán gerentes sindicales ocupados en sus propios intereses. Por ese camino no hay salida.
Para afrontar esta coyuntura histórica el activo militante, sindical, estudiantil y barrial, está obligado a ir a la raíz de la cuestión. Eso implica reconocer las causas reales de la crisis y el tipo de medidas que pueden resolverlas. Y éstas no podrán ser sino aquellas que, partiendo de las necesidades inmediatas de las masas y al compás de sus luchas espontáneas, consigan llevar conciencia y organización a una vanguardia primero, al conjunto después, aunque este orden puede invertirse en momentos de conmoción social.
Hay un combate ideológico y político que el activo revolucionario debe librar contra las expresiones pequeño-burguesas, reformistas, anarcoides o directamente lúmpenes que pululan en las filas de la clase obrera y sus aliados, las cuales a menudo son alentadas -incluso financiadas- por sectores de la burguesía y la burocracia sindical. Ese combate interno es la primera tarea de envergadura para todo equipo revolucionario serio, que se plantee una verdadera confrontación con el sistema y que lo haga con la aguerrida y responsable determinación de vencer.
La política revolucionaria marxista nació en combate frontal contra el anarquismo, el populismo, el utopismo y el reformismo. Doscientos años después, la esencia de esa lucha no ha variado. Quienes pretenden reemplazar esa necesidad por la recolección de votos para introducir un legislador en el antro parlamentario del poder burgués, sencillamente abandonan la tarea principal y reemplazan la estrategia de la revolución por la inserción en el sistema.
Desde luego es una lucha ardua en todos los sentidos. Pese a esas dificultades, la militancia marxista debe abocarse en su ámbito a despertar la conciencia anticapitalista, promover el estudio en el activo más dispuesto y organizar, paciente y sistemáticamente, células y agrupaciones armadas con un programa anticapitalista en todos los sectores de la sociedad.
Esto implica también reconocer fenómenos decisivos del mundo actual, como lo es la proletarización arrolladora de trabajadores que van más allá de la producción industrial. Ingenieros, médicos, arquitectos, contadores, economistas, profesores, maestros, para no hablar de un nuevo y pujante brazo del proletariado, como son los programadores del mundo digital, han sido transformados en obreros productivos que entregan tanta más plusvalía cuanto mayor es su capacitación.
Uno de los aspectos nefastos de la política del PT de Brasil, por ejemplo, fue propagar la idea de que durante su gobierno decenas de millones de pobres habían pasado a ser “clase media”. Bajo la ideología de las clases dominantes, llegar a ser “clase media” es una aspiración que gana millones de voluntades. Sin embargo, un empleado con diploma y buen ingreso no es “clase media” (es decir, pequeño burgués) si depende de un patrón para el que produce plusvalía. Sigue siendo un trabajador. Calificado, por supuesto. Y con beneficios por el valor que significa su acúmulo de conocimientos y se traduce en su precio salarial. Pero sigue siendo un trabajador, asalariado, explotado, que más tarde o más temprano descubrirá cuán lejos está de las clases dominantes, que se apropian del plusvalor que él o ella producen.
Estos son principios básicos para encarar una tajante transformación de las estructuras sindicales, para lo cual es preciso comenzar por conocer la historia del movimiento obrero argentino y bucear en el papel jugado por cada corriente ideológico-política que actuó en sus filas desde 1880 hasta la fecha.
Sólo cuadros militantes armados con estas herramientas podrán enfrentar y vencer las estructuras putrefactas del capitalismo, entre las cuales están por supuesto las empresas, los sindicatos integrados al Estado burgués, pero también las universidades, las iglesias, los partidos patronales y el conjunto de instituciones de un capitalismo cuya degradación está a la vista. Con el descubrimiento de una banda organizada desde la cúspide del Poder Ejecutivo para malversar y robar cifras fabulosas mientras cunde la miseria, se revela la insanable descomposición del sistema. El gobierno de Cambiemos es un intento por disfrazar la realidad y sanear el mecanismo el mínimo indispensable para que siga funcionando. Sin moral y luces la militancia no podrá enfrentar y vencer ese intento del enemigo de clase.

Recuadro
Despidos y suspensiones en Santa Fe
Santa Fe es un ejemplo de lo que ocurre en toda la geografía de la nación. El lunes 17 comenzaron las suspensiones rotativas en la planta de General Motors de Alvear, en Santa Fe. La empresa cerró un turno de producción en la planta hasta fines de enero de 2019. Los empleados suspendidos cobrarán el 70 por ciento del salario de bolsillo. La medida fue acordada con el Sindicato de Mecánicos (Smata), la cual argumenta evitar despidos. La caída de las ventas a Brasil completó la disminución del mercado interno. “El problema viene de varios meses, hubo suspensiones en el mes de julio, meses que sí y meses que no, hasta que la empresa dijo que sí o sí tenía que levantar un turno, porque cayó tanto la venta que fabricaban 33 autos por hora entre los dos turnos y hoy con un turno alcanza, porque van a fabricar 15 por hora”, explicó el titular de Smata, Marcelo Barros en declaraciones al diario La Capital, de Rosario.
También la fábrica de carrocerías Metalsur suspendió en forma rotativa a 400 empleados, por las mismas razones. Según la Federación de Industrias de Santa Fe (Fisfe en Armstrong, la ministra de Producción de Santa Fe, Alicia Ciciliani, explicó que en la provincia hay 170 empresas en Procedimiento preventivo de Crisis. El universo de trabajadores alcanzado por ese sistema de conciliación llega a 15 mil.
La empresa Electrolux, a su vez, licenció a todo su personal por quince días. Según datos de Fisfe, en un añocayeron 440 empresas, dentro de las cuales hay 240 industriales en la provincia de Santa Fe.