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Eslabón 144 – Venezuela y la coyuntura argentina

Elecciones como anestesia para la conciencia y el accionar de jovenes y trabajadores

Frente a las elecciones de agosto y octubre la UMS llama a la abstención o el voto en blanco. El sistema capitalista mundial expresa su profunda crisis en forma de decadencia, degradación en todos los planos y confusión profunda de ideas y conductas, incluso en personas con elevado grado de instrucción. De eso no escapan incluso ciertas corrientes de la izquierda o de
sectores denominados progresistas. El desdén e incluso la franca confrontación de estos sectores respecto de la agresión imperialista contra Venezuela va de la mano con el involucramiento en elecciones con el exclusivo objetivo de obtener un lugar en Estado burgués. La burguesía intenta recomponer su sistema político. Nuestra tarea es abolirlo.

Quienes optaron por reducir la caracterización del gobierno de Mauricio Macri a la vacía palabra “neoliberal”, anonadados por lo ocurrido en un año y medio parecen no percibir que ahora está en preparación el verdadero objetivo del gobierno del gran capital; de otro alcance: restaurar, con suficiente respaldo social, el Estado burgués como instrumento efectivo de control político-social.
Recomponer el Estado y sus instituciones tiene una condición: garantizar el control de la sociedad en todas sus clases y estratos y contener cualquier reacción política efectiva de la clase obrera mientras se lleva a cabo una reforma laboral, suficiente para que la tasa de ganancia permita la reproducción ampliada del capital. Eso implica mayor explotación relativa y absoluta de la clase trabajadora y es la razón por la cual tras Macri se abroquela un frente único burgués, al margen de elecciones y resultados.
Desde esa perspectiva debe ser considerada la coyuntura electoral. En pocos días, el 13 de agosto, tendrán lugar las denominadas “primarias abiertas, simultáneas y obligatorias” (Paso), aunque la verdadera elección ocurrirá en las legislativas del 22 de octubre, cuando se renovará la mitad de Diputados y un tercio del Senado.
Tras ese telón electoral, en frente único la burguesía establecida se propone barrer a los sectores advenedizos enquistados en el aparato del poder durante los últimos años y dar al menos un paso en la reconstitución de estructuras partidarias que respondan a sus intereses de clase.
Fallido hasta el momento el lanzamiento de un ciclo desarrollista, el gobierno de Mauricio Macri persiste en la enunciación de esa perspectiva. De hecho da algunos pasos, sobre todo en agresiva construcción de rutas y autopistas, recuperación a tropezones de vías férreas y créditos hipotecarios, esto último tal vez el hecho de mayor impacto inmediato para sectores medios-bajos y obreros calificados. No obstante, ha puesto mayor énfasis en sanear el aparato político de dominación.
Los golpes a estructuras narcotraficantes enquistadas en todos los niveles del Estado, particularmente en el sistema judicial y las policías, a través de dirigentes políticos de todo el espectro partidario burgués, dan prueba de esa intención. El propósito de desmantelar ese engendro pre-capitalista denominado La Salada (también asociado a jueces, policías y políticos, y al primer círculo del gobierno anterior), es otro ejemplo de aquella voluntad. Uno más, acaso el principal para la recomposición del poder burgués tradicional, puede hallarse en la denuncia de diferentes mafias –sindicales y corporativas- hechas personal y directamente por Macri. Ese punto está directamente asociado con la denominada “reforma laboral”, ya exitosamente iniciada en por los menos dos gremios, construcción, petroleros privados y empleados de comercio, con el enfático respaldo de los respectivos sindicatos.

Peronismo y kirchnerismo en disolución
No está claro si al tomar distancia pública con el Partido Justicialista (PJ, peronista) y con los sectores más reconocidamente lúmpenes de su entorno, Cristina Fernández trata de llegar a un acuerdo para salvarse individualmente de esa operación de saneamiento, ubicándose en disposición de integrar el nuevo statu quo imaginado por el capital, o si por el contrario, tal movimiento es una mera maniobra electoral para intentar recomponer aquel conjunto en caso de que esa operación le permita tomar distancia del repudio generalizado a la corrupción hoy a la vista de todos, obtener un buen resultado electoral en octubre y rearmar sus huestes ya pulverizadas y lanzadas a su suerte.
Tampoco está claro si un sector de la burguesía (y cenáculos del propio gobierno) no ha hecho un acuerdo de ese género con la ex presidente: basta ver el espacio desmesurado que le da la gran prensa para fundar la sospecha de que una franja del capital pretende mantenerla como instrumento de presión contra el gobierno, precisamente por sus arrestos desarrollistas y “gradualistas” (la palabra se ha puesto de moda): la antigual y fenecida oligarquía quiere liberalismo sin neos de ninguna especie y lo quiere ya.
Como sea, a la vez que avanza lentamente en la reactivación de la economía y la reducción de la inflación, el gobierno apunta a los objetivos señalados.
El primer paso es transformar a Cambiemos en un nuevo partido político, centralizado en la figura de Macri y con espacio suficiente para la UCR y sus gajos. También necesita que el peronismo se reconstruya. Algo así como crear a Eva con una costilla de Adán. Pero, en fin, en eso están empeñados.
Igualmente ambiciosos son los planes a encarar en caso de ganar Cambiemos las elecciones de octubre, lo que de todos modos en ningún caso le daría mayoría parlamentaria.
Por esa razón un ala del capital local exige un acuerdo nacional. Como para tal objetivo no hay sujetos válidos (ni partidos, ni sindicatos, ni cámaras empresarias, siquiera una iglesia unívoca), la acción parece apuntar a los gobernadores, todos ahogados por la crisis económica y la dependencia de las finanzas nacionales.
Aparentemente sin tomar conciencia de esta estrategia del capital, quienes desde posiciones supuestamente revolucionarias empeñan toda su fuerza en lograr un cargo legislativo y condonan hasta lo más fétido del electoralismo con que se adormece a las masas, contribuyen eficientemente con quienes declara enemigos. Por si faltase algo, en no pocos casos ese nuevo reformismo se planta como enemigo del gobierno venezolano, desconoce la línea de separación entre imperialismo y pueblos oprimidos y, con armas y bagajes, pasa a ocupar un lugar en el bando enemigo. A ese lugar llevan cuadros deformados a buena cantidad de bravos activistas sindicales y juveniles.
En tal situación política, el capital tiene la iniciativa y lleva a las masas por la trampa del espectáculo electoral, en una campaña donde ningunos de los participantes hace un diagnóstico serio sobre la realidad nacional, regional y mundial y, desde luego, excluye la única respuesta válida en la actual coyuntura histórica: la imperiosa necesidad de encarar la transición al socialismo.

Coyuntura internacional y regional
No repetiremos lo tantas veces dicho, acerca de que el colapso financiero internacional de 2008 no ha sido superado. Hay que decir, sí, que el estancamiento de las economías principales continúa y los centros imperiales avanzan hacia una nueva convulsión, que en última instancia tiene la misma naturaleza aunque se manifestará por otras vías, en un plazo que puede no ser inmediato, pero en modo alguno será largo.
El capital continúa con la ventaja clave que le permite apelar a todo tipo de malabarismo para postergar el estallido: la parálisis de una clase obrera desorganizada, enajenada y sin conciencia, aherrojada en aparatos sindicales y políticos asociados al sistema. Algo semejante, aunque con diferencias que eventualmente podrían ser cualitativas, sucede con el proletariado en China y Rusia.
Ese dato, esencial, repercute sobre la situación en cada país imperialista, pero también sobre la clase obrera del resto del mundo y sobre sus vanguardias. A una franja mayoritaria del activo la empuja hacia el reformismo; a otra, menor, hacia el ultraizquierdismo. Las genuinas vanguardias revolucionarias, por tanto, se encuentran imposibilitadas de contar con los proletarios con mayor fortaleza objetiva en el mundo. Más aún: no cuentan siquiera con un pensamiento revolucionario marxista que acuda a contribuir en la búsqueda de las masas para la transición al socialismo. El ejemplo más dramático de este aislamiento objetivo es el de la Revolución Bolivariana de Venezuela. Aunque es probable que existan cuadros y obras que podrían ser de ayuda efectiva para esa dificilísima transición, hasta donde se puede ver no hay pensamiento económico revolucionario marxista involucrado con criterio científico en los urgentes dilemas del gobierno, el Psuv, dirigencias sindicales y campesinas y, notoriamente, de un elevado número de cuadros en la Fuerza Armada Nacional Bolivariana.
Pese a todo, como lo muestra la convocatoria a Asamblea Nacional Constituyente (ANC), soberana y plenipotenciaria, como lo ratifica la respuesta de las masas a ese llamado de una radicalidad jamás vista, Venezuela continúa a la vanguardia regional y, aunque no pueda pasar del ejemplo, también en el plano mundial.
Mientras en Brasil el gobierno del PT (asociado a su peor enemigo, el Pmdb que acabaría derrocando a Dilma Rousseff) cayó sin pena ni gloria; mientras en Argentina la burguesía advenediza con verborragia falsamente revolucionaria aceleró el hundimiento de la economía nacional y entregó el poder a un gobierno genuino del gran capital; mientras en Ecuador se produjo un imprevisto viraje del presidente designado por Rafael Correa, que coloca al país, su vanguardia y las masas trabajadoras del campo y la ciudad en una confusión sin límites y de imprevisible desenlace, en Venezuela se afirma una voluntad y una inteligencia revolucionaria constatable hasta por el más obtuso observador.
La Constituyente es un paso inmenso en la transformación de las relaciones sociales y su formulación jurídica. Es un recurso original y de extraordinaria audacia creativa, para defender un legado revolucionario puesto en peligro por razones objetivas, por errores de arrastre en el manejo de la economía, por deformaciones burocráticas y la permanente intervención del imperialismo en todos los terrenos.
Con los gobiernos de Michel Temer, Mauricio Macri, Enrique Peña Nieto, Pedro Kuscinsky, y desde otro ángulo pero en el mismo sentido Michel Bachelet y Tabaré Vázquez, la Casa Blanca arrebató la iniciativa tan laboriosa e inteligentemente construida por Hugo Chávez y cambió la coyuntura inmediata de la región.
Desde esa posición Washington se lanzó contra el actual eje de la revolución: Venezuela. Hasta el momento fracasó, justamente por la respuesta inteligente y valiente de la dirección revolucionario político-militar. El Psuv fue la clave de esa respuesta. Su existencia misma y su accionar ratificaron la necesidad imperativa de un partido para conducir un proceso revolucionario frente a todo el centrismo y el oportunismo. Pero la situación económica en Venezuela es dramática y son necesarias medidas muy drásticas, que no serán apoyadas por otros centros geopolíticos que, por diferentes razones, respaldan a Venezuela frente al imperialismo. De modo que esa es una batalla en curso cuyo desenlace depende desde luego de la capacidad interna de la Revolución Bolivariana, pero también y en buena medida de los países del Alba (ahora tal vez sin Ecuador) y los pasos que sepa dar el activo revolucionario en toda América Latina.
Sin Brasil como punto de apoyo consistente y estable para su embestida contrarrevolucionaria continental, Washington ensaya hacerle jugar ese papel a Argentina, bajo el mando de Macri y el frente único de toda la burguesía que lo sostiene.
América Latina y el Caribe está en una nueva coyuntura, signada por la crisis general del capitalismo y la disgregación política de las clases dominantes en toda la región. Washington tiene, sí, la iniciativa. Nos la arrebató por ausencia o debilidad de conceptos revolucionarios, que dieron lugar a la degradación espantosa del PT brasileño y la fuga irracional de las izquierdas en Argentina hacia el ya fenecido fenómeno kirchnerista, con un remanente menor lanzado al neoreformismo infantoizquierdista. También por las naturales debilidades de la Revolución Bolivariana –levantada en un mundo que retrocedía y se acompasaba con el imperialismo-potenciadas por la temprana e inesperada muerte de Hugo Chávez.
Derrotistas y vacilantes verán en este nuevo cuadro una victoria del imperialismo. Eso es verdad sólo en el sentido de que nos arrebataron circunstancialmente la iniciativa. Pero al hacerlo, al exponer en toda su miserable y corrupta impotencia al reformismo socialdemócrata-socialcristiano y al populismo burgués, han liberado fuerzas hasta hace poco enmarañadas y paralizadas por la confusión ideológica y los efectos letales de las subvenciones provenientes de fundaciones europeas supuestamente “progresistas”, con las cuales pervirtieron cuadros y estructuras potencialmente revolucionarios.
Eso ha terminado. Por cierto que los efectos (y los rostros de quienes encarnaron esa fase de putrefacción del sistema) continuarán por un tiempo hoy indefinido. Pero el hecho determinante de la nueva situación, desde Alaska a la Patagonia, es la falta de espacio para terceras vías y ensueños reformistas.
Con un presidente a la medida del irracional y criminal cometido, Washington partió aguas que el reformismo no quería y los revolucionarios no podíamos separar. De aquí en más predominarán posiciones netas. Como lo ha demostrado cabalmente el llamado a Constituyente en Venezuela, reformistas e infantoizquierdistas se alinearán francamente con la contrarrevolución o harán el servicio bamboleándose sobre una cuerda floja, hasta desgranarse cayendo hacia uno u otro lado de la confrontación de clases continental a cuya vanguardia hoy está –veremos hasta cuándo y cómo- la dirección político-militar de Venezuela.

El infantoizquierdismo
Bien lejos de la tarea urgente de revolucionarios marxistas en tal coyuntura histórica, grupos neoreformistas con piel de infantoizquierdistas (es decir, dóciles corderitos disfrazados de lobos y empeñados en aullar como tales) enfrentan al gobierno de Nicolás Maduro como el enemigo a abatir.
En lugar de promover un frente antimperialista para rodear a la Revolución Bolivariana, aunque parezca inverosímil, fronteras adentro muchos de ellos se asociaron a la Mud e hicieron una campaña (o anunciaron que harían, porque de hecho no ocurrió, más allá de un bravo combate por internet) para llamar a la abstención en la elección de la Constituyente. En el exterior hubo un frente único de hecho entre facciones enfrentadas a muerte entre sí, para aunarse en la condena a Maduro, la Constituyente, el llamado a las masas y la continuidad de la Revolución Bolivariana en un plano superior.
Mientras cumplen esa labor francamente contrarrevolucionaria en relación con Venezuela y América Latina, en Argentina estos agrupamientos sectarios se enfrentan entre sí disputándose un 1% de los votos, con el objetivo de tener una banca más y consolidarse como la oposición de su majestad. Con prescindencia del resultado que obtengan tras ese propósito, no pueden sino contribuir a la división y desviación de su militancia y del nuevo activismo que necesariamente producirá la crisis en curso. Combatir tanto a quienes tienen la desvergüenza de llamar a votar a Cristina Kirchner como a quienes denigran a la vanguardia de la lucha latinoamericana ubicándola en el lugar del enemigo e imploran el voto de la militancia, es una condición para afirmar las bases de una futura fuerza política revolucionaria de masas, plural, democrática, antimperialista y anticapitalista.

Una política revolucionaria marxista
Frente a este panorama y en coyuntura electoral, en Argentina estamos exigidos a ser internacionalistas en los hechos. Si una corriente circunstancial empuja en dirección a la disgregación latinoamericano-caribeña y a buscar refugio en legislaturas para sobrevivir dentro del sistema, debemos rechazar frontalmente esa perspectiva y concebir, en la práctica, la política local como parte subordinada de una realidad continental e internacional.
Esa realidad está determinada en lo general por la crisis irreversible en los países centrales y por la fractura regional entre un grupo de países dispuestos a la emancipación –con Venezuela a la Cabeza- y otro conjunto de gobiernos sometidos al látigo de Washington.
Esto último implica que estamos en una situación táctica defensiva, pero que ésta se planta sobre una base de debilidad estratégica para el imperialismo y las burguesías locales de la región.
Washington y sus vasallos no estarán en capacidad de enfrentar con éxito un contraataque revolucionario desde el Sur, articulado en torno al combate venezolano y con el Alba como fuerza organizadora. Para hacer posible y exitoso tal contraataque es necesario incluir a toda la fuerza militante antimperialista y anticapitalista dispersa y carente de dirección desde el Río Bravo a Tierra del Fuego, armada con instrumentos organizativos unificadores de tal diversidad, todos afirmados en un programa y una estrategia común con dos definiciones inapelables: antimperialista y anticapitalista.
Tal perspectiva es lo contrario de los intentos desesperados de aliarse a los restos putrefactos del gobierno anterior para lograr una banca en alguna legislatura, así como es lo inverso de caer en el electoralismo más ramplón y reformista mientras se da cátedra con consignas vacías a fuerzas revolucionarias genuinas, incluso en sus errores.
En las falsas primarias del 13 de agosto, así como en la elección de senadores, diputados y concejales del 23 de octubre, no hay otra opción sino abstenerse o votar en blanco. Todo el esfuerzo militante debe estar apuntado a denunciar el papel de Argentina en la estrategia hemisférica del imperialismo, a la vez que se dan los pasos necesarios para articular una fuerza programática de alcance continental para enfrentar al imperialismo y lograr en cada país la unidad social y política de las mayorías tras una estrategia latinoamericana anticapitalista.
Argentina, 6 de agosto de 2017