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Eslabón 140: Tareas revolucionarias en la Argentina de 2017

Enero 2017.-

Una estrategia revolucionaria deberá preguntarse por qué fracasaron los pronósticos de grandes conflictos sociales para las celebraciones de fin de año (no compartidos por la UMS); por qué el gobierno logró mostrar el país bajo control, pese a una caída anual de alrededor de 2,5% del PIB, más del 40% de inflación anual y el consecuente aumento de pobreza y desocupación.

Con políticas demagógicas y corrupción de organizaciones las autoridades pudieron evitar toda reacción social. También lograron esgrimir datos objetivos sobre la baja inflacionaria y alegar aumento de la actividad económica en los dos últimos meses del año.

Estos hechos permitieron al oficialismo dar otro paso adelante: cambiar el ministro de Hacienda por otro sin relieve político que, tras las medidas aplicadas durante un año de ejercicio por Alfonso Prat Gay, viene a cumplir objetivos de mediano plazo (justamente de alto costo político), que en caso de ser exitosos darían lugar a los planes estratégicos del gobierno del gran capital.

Antes de analizar ese cambio, la coyuntura y perspectivas económicas y los movimientos políticos que la acompañan, es preciso recordar el momento de ruptura del equilibrio vivido a comienzos de diciembre pasado.

Por entonces ocurrió una alternación severa en las relaciones políticas vigentes durante 2016, que estuvo a punto de desbaratar la estrategia asumida por el conjunto del gran capital mediante Cambiemos y el presidente Mauricio Macri.

Describió Eslabón en diciembre:

“Incapaz el peronismo de constituirse como fuerza unitaria, con programa y liderazgo reconocibles, tuvo ímpetu suficiente para aunarse tras un endeble proyecto de ley sobre Ganancias y asestarle un golpe a Macri. Golpe duro y de consecuencias todavía imprevisibles, sin excluir la posibilidad de que se convierta en boomerang e impacte de lleno en el intento de alcanzar una alianza duradera del peronismo ante las legislativas de 2017. El imprevisto ímpetu unitario del Frente Renovador con el PJ y los restos maltrechos que enarbolan la bandera de Néstor Kirchner puede muy bien haber sido un acto suicida” (Subrayado ahora).

Ocurrió efectivamente que la operación del arco peronista en torno al impuesto al salario fue un acto suicida. El PJ aceleró y al hacerlo mostró impúdicamente sus divisiones y luchas internas por pequeños espacios de poder. El gobierno logró una rotunda victoria: la ley se reformó en el Senado en acuerdo con los gobernadores y en función de los criterios enviados originalmente por el Ejecutivo al Congreso. La CGT (en representación fáctica del PJ), acordó con el gobierno e hizo una pomposa reunión con el Presidente. Sergio Massa, impulsor de la alianza panperonista, quedó en ridículo, marginado y para colmo asociado a nombres impronunciables del gobierno anterior.

Pese a la fragilidad de la situación a comienzos de diciembre la UMS pudo adelantarse a este desenlace por una razón muy sencilla: en lugar de pensar la realidad a partir de la figura y los antecedentes de Macri, lo hizo basada en la existencia de un frente único estratégico del gran capital local y extranjero, que por gravitación propia arrastra a las cúpulas sindicales y a la totalidad del arco político disfrazado bajo el concepto de “opositor” (Ver, entre otros, Eslabón de Octubre: http://bit.ly/2inuYjx)

El subjetivismo, nacido de debilidades teóricas y una recuperación reformista en buena parte de las izquierdas, llevó a equivocar el pronóstico, a lanzarse a un activismo carente de cualquier fundamento estratégico y, en consecuencia, a ubicarse en un terreno contrario al reclamado por un plan de recomposición de fuerzas revolucionarias. En suma: a regalarle un espacio y un valioso tiempo a Macri; es decir, al plan de recomposición política burguesa.

Coyuntura económica

Mientras tanto, la acción económica híbrida del oficialismo dio los resultados por ellos esperados. Aunque lejos de lo necesario, hubo una adecuación de precios relativos, una disminución menor pero útil a sus fines de los subsidios a electricidad, gas y transporte y, muy significativamente, una caída en por lo menos 8 puntos porcentuales en los salarios reales promedios.

A la par, aumentaron los subsidios para los sectores más desamparados y se mantuvieron tarifas sociales que amortiguaron los aumentos para esa franja social. Para espanto de los liberales (y de no pocos progresistas desorientados), el gobierno Macri superó durante 2016 todas la marcas en materia de asistencia social. Eso aumentó el déficit, que sobrepasó el 8% anual del PIB, aunque las autoridades lo desdoblan en lo que llaman “déficit primario”, que no incluye el pago de intereses por endeudamiento y es del 4,8%.

Por el pago a los fondos buitre, herencia del régimen anterior, y la toma de nuevos préstamos, en 2016 la deuda sumó 45 mil millones de dólares y alcanza ahora a 305 mil millones, tras el pago por parte de Néstor Kirchner y su cónyuge de 230 mil millones. De ese robo, cualitativamente mayor al cometido por la familia presidencial y su elenco, nadie habla. No obstante, es la causa del retroceso económico y la degradación social del país.

Otra medida de Prat Gay fue el blanqueo de capitales. A diciembre alcanzaba a 100 mil millones de dólares y se estima que para el 31 de marzo, cuando se complete, llegará a alrededor de 150 mil millones. Eso permite asumir el pago por deudas con jubilados, aumenta la disponibilidad de reservas en dólares y aumenta también la base imponible de aquí en más. No resuelve ni por lejos el agujero negro del déficit fiscal, por lo que el endeudamiento continuará y en su momento hará volar por los aires todo el proyecto. Pero por el momento encamina una política que, en caso de no chocar con una fuerza social organizada y consciente, pasará eventualmente a una nueva fase, allí sí centrada en el saneamiento profundo del aparato del Estado a nivel nacional, provincial y municipal, más la racionalización al extremo de la asistencia social, cueste lo que costare.

Hubo igualmente una reformulación de la obra pública, que además de abrir la compuerta a una catarata de juicios contra las autoridades anteriores, le permitió al gobierno frenar la ejecución y con ello obtener un instrumento más para enfriar la economía y bajar la inflación. Según datos ahora más confiable –aunque nunca ciertos- desde noviembre hay un gradual crecimiento del giro económico, acompañado de baja de la inflación, estimada para los dos últimos meses de 2016 en algo menos de 1,5%. Oficialmente se habla de un 17% para 2017. Estará, como ya adelantamos meses atrás, por sobre el 20 y más cerca del 25%, siempre que las correcciones desaforadas en algunos rubros –proceso iniciado en los primeros días del año- no rompan el equilibrio y desaten una nueva carrera de precios. El gobierno prevé paritarias con por lo menos 5 puntos porcentuales de ventaja de los salarios sobre la inflación prevista por el Ejecutivo. Ese conjunto no constituye un plan, sino una táctica para ganar las elecciones legislativas de este año.

En cuanto al desdoblamiento de Hacienda en Hacienda y Finanzas, el titular del primero viene a avanzar en ciertas áreas para disminuir el déficit. Pero no habrá ni mucho menos un cambio de rumbo. Luis Caputo, en Finanzas, seguirá la tarea cumplida como viceministro de Prat Gay. Las medidas económicas por venir, esencialmente destinadas a sostener el equilibrio y obtener objetivos políticos de corto plazo, serán marcadas por los mandantes de Macri y aplicadas por éste a través de sus secretarios. Con el lanzamiento de la obra pública, el blanqueo y el aliciente al consumo se puede esperar un rebote del PIB superior al 3%. Habrá más empleo y más dinero circulante para el consumo. Así piensa Cambiemos afirmarse con los resultados electorales en las Paso (Primarias abiertas, simultáneas y obligatorias) de julio y los comicios legislativos de octubre.

Parálisis social

A favor de tales objetivos cuenta con la pulverización del peronismo, la incapacidad de las izquierdas para levantar un proyecto revolucionario de masas y, en la base de todo, la parálisis de la clase obrera bajo el yugo de las cúpulas de sindicalistas/empresarios hoy constituidos en conducción fáctica del PJ.

Por paradojal que parezca, pese a lo ocurrido durante 2016 Macri cuenta con aprobación superior al 50% y es mayor aún el porcentaje cuando las empresas consultoras preguntan si el entrevistado cree que este año será mejor que el pasado. Por lo dicho más arriba está claro que muy probablemente será así. Es improbable por tanto, que se produzca un vuelco social capaz de torcer el rumbo inmediato de Argentina. Bien es verdad que este cuadro debe insertarse en el marco de una situación internacional día a día más grave, con convulsiones en los centros de la economía mundial y situaciones dramáticas en los dos mayores países de la región: Brasil y México. Esto constituye un impacto potencial demoledor para la economía argentina y los planes políticos de la burguesía. Pero sigue prevaleciendo el hecho de que la clase obrera y sus aliados estratégicos carecen de una propuesta capaz de darles coherencia y sentido de marcha.

Confundir ese extravío de la lucha revolucionaria denominado “piquete” con un recurso válido para llevar conciencia y organización a las masas, obligadas a enfrentar y vencer la arremetida desesperada de un capitalismo mundial agonizante, equivale a desarmarse. Confundir el corte de calles por parte de un puñado de personas con una movilización social genuina, es retomar el camino de pseudodirigencias que utilizaron la desesperación de sectores marginalizados o acosados por la crisis en beneficio de miserables intereses propios, como queda a la vista con la deriva de corrupción de personajes y agrupamientos de las dos últimas décadas, prolongados hoy con nuevas o antiguas siglas ya cooptadas por el gobierno Macri.

La movilización social es un hecho objetivo. Los revolucionarios no debemos abocarnos a alquilar autobuses para transportar a Plaza de Mayo una fuerza social en ebullición. Nuestra tarea es trabajar junto a la vanguardia natural de la clase obrera y allí dar una batalla sin cuartel no sólo contra las mentiras de la burguesía, su gobierno y sus esbirros en sindicatos, iglesias y medios de comunicación, sino también contra las deformaciones ideológicas y metodológicas inoculadas en organizaciones que se proclaman revolucionarias.

Si se estimulan formas de protesta para encaramarse en ellas con el objetivo de obtener un concejal o un diputado, se traiciona estratégicamente a trabadores, estudiantes, chacareros y pequeños productores, en favor de la estrategia contrarrevolucionaria del gran capital.

Nuestra tarea es organizar la vanguardia de un movimiento social que inexorablemente crecerá al compás de la crisis. Si cuando ésta estalle –y ocurrirá, sin duda alguna- y las masas salgan a la lucha no acude a la cita una organización revolucionaria y socialista, con vocación de masas y neto sentido anticapitalista, sencillamente se repetirá el fracaso vivido una y otra vez en nuestra historia, con fracciones peronistas tomando la iniciativa política. En tal hipótesis, la burguesía haría pagar muy caro a la nación y el pueblo argentinos el precio para resolver la crisis.

No habrá capacidad para hacer realidad este plan si quienes se consideran parte del activo revolucionario anticapitalista en el país no se dan las formas organizativas necesarias para actuar aunada y organizadamente tras el propósito de edificar un partido revolucionario y situarse, por las vías que la realidad vaya trazando, en condiciones de encabezar a las masas al momento de choque con el capital.

Reconfiguración política en curso

Pulverizado el peronismo, volatilizado el engendro nonato que gobernó al país entre 2003 y 2016, la burguesía apela a Cambiemos para reconstituir el despedazado entramado político nacional. Como hemos dicho desde el inicio, el aparato denominado Pro construido en torno a Macri se apoya en la sequiscentenaria estructura socialdemócrata de la UCR, que estalló antes que el PJ pero mantiene, pese a todo, una red nacional sin funcionamiento centralizado pero apoyada en cuadros y organismos políticos orientados en cada lugar por alrededor de cuatrocientos diarios (más canales de televisión y radios locales) que cubren todo el país.

Cambiemos debate ahora qué lugar les da a los peronistas dispuestos a saltar el alambrado y asociarse con sus primos hermanos de sangre. No importan los avatares, esa conjunción tendrá lugar; la actual heterogeneidad de Cambiemos se acentuará, en un movimiento doble de amplitud y centralización, con métodos duros que eventualmente asumirán formas de autoritarismo extremo al interior del conjunto por parte de Macri (la forma en que Prat Gay fue eyectado del gobierno da una idea de tales métodos).

Al frente, el PJ tiene una situación peor en cuanto a su fragmentación (¡está fuera del poder!) y debe lidiar con una línea divisoria principal que garantiza un período de realineamiento mayor al que exigen las elecciones de este año, que hoy por hoy marcan el ritmo de todo el accionar político. Esa línea divisoria es la que traza el peronismo burgués tradicional (podría decirse en muchos casos lumpenburgués, con el matrimonio Kirchner como ejemplo) y la CGT.

En 2014 dos dirigentes de esta estructura, Hugo Moyano y Gerónimo Venegas, se lanzaron a construir partidos con base sindical. A poco andar Moyano se mostró incapaz de dar músculo y sangre a su proyecto (en realidad hubo una absoluta ausencia de ideas) y tras algunos virajes terminó apoyando el Frente Renovador. Venegas, con su partido Fe, públicamente asociado al papa, se integró al macrismo primero y a Cambiemos después.

Ahora, un conjunto de dirigentes sindicales/empresarios discute la posibilidad de colonizar los restos del PJ y reconstruirlo como fuerza política nacional bajo su mando. La burguesía y lumpenburguesía peronistas se opone a este plan. Llevará tiempo comprobar si de este mejunje saldrá uno, dos o más partidos políticos. Está excluido en cambio que alumbre una fuerza obrera con un programa siquiera antimperialista, aunque no debería descartarse la posibilidad de que un ala de la dirigencia sindical busque salvarse del naufragio mediante formas demagógicas apuntadas a prolongar el discurso peronista con matices de defensa de la clase trabajadora.

Otra subfracción de agrupamientos pequeñoburgueses en descomposición es el integrado por el PS, el GEN y Libres del Sur, que difícilmente puedan formar un bloque propio y oscilan entre sumarse al Frente Renovador o asociarse con Cambiemos.

En cuanto a las izquierdas, pueden establecerse tres bloques principales, cada uno surcado por múltiples diferencias.

El denominado Fit, parece haber estabilizado una existencia de descalificante lucha interna combinada con la acción común en materia electoral, en una actualización argentina del cretinismo parlamentario tradicional.

Otros sectores, igualmente movidos por el motor electoralista, oscilan entre sumarse al Fit o adosarse alguna fracción del peronismo en descomposición, tras la poco novedosa estrategia de entrismo en los restos de La Cámpora y otros esperpentos semejantes.

Finalmente otro sector proclama la necesidad de edificar una fuerza política de masas con definiciones antimperialistas y anticapitalistas y una reivindicación del accionar plural y democrático al interior de una estructura nacional. La UMS se inscribe en este amplio arco político. Aunque en él no se excluye la participación en las elecciones, el concepto estratégico sería el de organización obrera de masas y el trazado de una línea de acción por caminos propios y no mediante las instituciones del Estado burgués. No obstante, aquí también se perciben inclinaciones a un salto en la acumulación de fuerzas mediante la obtención de legisladores, sin excluir para ello una eventual alianza con el Fit, condicionada a un reparto de candidaturas para el cual éste no se muestra dispuesto.

A fines del año pasado se realizaron diferentes encuentros en los que estas ideas fueron discutidas. Se avanzó en un trazado conceptual, pero nada en materia de concreción organizativa y política de impacto público. Ésa es la tarea para 2017. Urgente, no por la proximidad de las elecciones sino, como se explica en esta edición, por la carrera estratégica entre burguesía y proletariado hacia el imprevisible momento de choque frontal.

Argentina, 7 de enero de 2017