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Eslabón 137

Macri cuenta con apoyo de la burguesía y las cúpulas sindicales para evitarlo

Sigue latente la posibilidad de otro colapso económico-político

 La sociedad y buena parte de las izquierdas no tienen conciencia de los riesgos de hiperinflación y descontrol económico que hubo en el último año y continúa habiendo ahora. El gobierno maniobra en el escaso margen de acción para equilibrar la macroeconomía y poner en marcha un plan desarrolista. La clase obrera carece de organización propia para afrontar la coyuntura.

 Es probable que en las filas militantes no haya suficiente conciencia de que Argentina estuvo otra vez al borde de un estallido semejante a una combinación del Rodrigazo económico de 1975 y el colapso político de 2001.

Febrero 2015-Junio 2016 es el período en el que esa mezcla temible podría haber detonado. El gobierno anterior la eludió alargando la mecha que ardía hacia la carga explosiva. Su éxito en la postergación implica un costo inconmensurable para la población, del cual sólo se conocen hoy los primeros síntomas. La amenaza de un Rodrigazo-2001 sigue latente.

El desquicio macroeco-nómico legado por los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández no puede arreglarse de otro modo que con un saneamiento profundo del sistema o su reemplazo por otro, de naturaleza anticapitalista. Socialismo o barbarie. A su vez, no hay basamento para una genuina revolución a corto plazo. Se impone así, por toda una primera etapa, la respuesta lógica del capital.

No es algo que digamos ahora. Alertamos respecto de la gravedad de la crisis y su inexorable desenlace desde 2008. Ni antes ni después de que se presentara ese cuadro habló jamás el gobierno anterior de una perspectiva anticapitalista. Pero tampoco se cuidaron de garantizar la sustentabilidad del sistema. El punto más avanzado de su farfullo pseudo ideológico fue la ridícula idea de crear «una nueva burguesía nacional». Era, en realidad, una excusa para lanzarse a una desenfrenada carrera de corrupción. (sigue en pág. 2)

En medio de aquella falsa prosperidad sin base ni perspectiva, a cambio de asumir la profundidad de la crisis en ciernes, educar a los trabajadores frente a su naturaleza y proponer una estrategia de unidad social para la toma revolucionaria del poder, las izquierdas que no se sumaron al oficialismo reprodujeron la estrategia socialdemócrata de comienzos del siglo XX y pusieron proa a la obtención de cargos legislativos.

Ilusión sin futuro: el descontrolado derrumbe económico con el que Cristina Fernández llegó al final de su mandato no es responsabilidad de los tres períodos gubernamentales anteriores, por calamitosos que estos hayan sido. Es la consecuencia de la crisis estructural del sistema, con eje en el capitalismo desarrollado.

Así, mientras el elenco nucleado en torno a Kirchner (suma confusa de cazafortunas, aventureros, políticos en disponibilidad y organizaciones en completo estado de degeneración, carentes de cualquier forma de enraizamiento social, de proyecto de país y programa de acción estratégico), comprendió que no podía mantenerse en el poder sin hacer enormes concesiones económicas, un ala de la izquierda tradicional se sumó al proyecto y la otra apostó a la continuidad del sistema en el que decidió insertarse institucionalmente. Sólo fracciones menores sostuvimos una propuesta revolucionaria socialista.

Kirchner tomó ese camino al calor de un inédito período de alza en las materias primas que exporta Argentina y, sobre todo, de la coyuntura creada por el no pago de la deuda externa entre diciembre de 2001 y comienzos de 2006. De este modo se llevó a cabo a medias el plan pergeñado por el conjunto de la burguesía en 2002, bajo la presidencia de Eduardo Duhalde. Kirchner torció por el camino de una insostenible política de enriquecimiento extremo de la banca y las multinacionales, pago de deuda en cantidades desmesuradas desde 2007, un festín de consumo para las clases medias y mejoras salariales reales para la clase obrera en situación de empleo formal.

De tal manera, en ese período entre paréntesis y en su exclusivo beneficio patrimonial la familia Kirchner sobornó a la burguesía, compró a buena parte de la clase trabajadora, manipuló a jóvenes y militantes, mientras en el subsuelo el torrente de la crisis capitalista propia e internacional aumentaba día a día su capacidad destructiva.

Fernández dejó el poder con 8 millones y medio de personas por debajo de la línea de pobreza. Con un endeudamiento superior al que había recibido Kirchner en 2003. Con las arcas exhaustas y el aparato productivo ahorcado por la falta de divisas para sostener una pseudoindustrialización de ensamblaje destinada irracional-mente al consumismo inmediato.

Semejante concepción y práctica no podía ser llevada adelante sino por personas carentes en grado absoluto de aquello que reclamaba Bolívar como primera necesidad: moral y luces. Sólo presidentes del nivel intelectual de Kirchner y Fernández podían suponer el éxito de esta aventura corsaria. Sólo con absoluto desprecio por la nación y su pueblo fue posible empujar al país a la ciénaga mientras acumulaban riquezas individuales.

Cuando ese castillo de arena comenzó a desmoronarse, Cristina Fernández carecía de una mínima organización propia de recambio para siquiera intentar que su gobierno tuviera continuidad. Optó por un sosías estólido de Macri. Obligada por compromisos inconfesables y chantajes mafiosos, lo hizo acompañar por narcotraficantes en candidaturas principales.

El país asistió así al espectáculo impensable de organizaciones y cuadros de izquierda encolumnados tras fórmulas encabezadas por liberales de derecha, mafiosos y narco-traficantes. Otras fracciones se frotaron las manos convencidas de que era la oportunidad apropiada para ganar algún cargo legislativo.

Como no podía ser de otra manera, ganó Macri. Aunque el gran capital no pudo implementar exactamente su plan, la coalición socialdemócrata-socialcristiana con Estados Unidos detrás (resumida aquí en Ernesto Sanz y Elisa Carrió), viraron en redondo y se aliaron con Macri, hasta entonces denunciado por ellos mismos como derechista y «neoliberal». La desprestigiada y pulverizada UCR recompuso sus todavía ingentes fuerzas en todo el país y las puso en campaña. Una parte importante del proletariado industrial lo votó. También lo hicieron franjas de desocupados a los que pudo llegar Cambiemos con la promesa de que no se abolirían los subsidios. Allí desaguaron igualmente el grueso de las clases medias y la totalidad de la burguesía. La respuesta política a la encerrona económica quedó sellada.

Teoría y política

El error en la caracterización de la situación objetiva del sistema se complementa con otro, mayor aún, respecto de la respuesta dada por la burguesía y el imperialismo. Ambos están resumidos en la expresión más radical de estos días: insultos y lamentos contra Macri y el «neoliberalismo». Subjetivismo, impresionismo, superficialidad.

No son falencias individuales o de determinados agrupamientos. Se trata de una victoria del pensamiento no materialista, no dialéctico, sobre la tradición teórica marxista. Revertir esa degradación es una de las grandes tareas de cualquier empresa de recomposición revolucionaria.

Eslabón repitió desde noviembre pasado que la condición ideológica de un presidente no define la naturaleza de su gobierno. Aliado desde mucho tiempo atrás a fascistas de diferentes latitudes y relieve internacional, Macri preside un gobierno con respaldo en la ultraderecha y el imperialismo, pero con base socialdemócrata. Más importante, cabalga sobre relaciones de fuerza extremadamente inestables. Las concesiones del gobierno anterior a trabajadores ocupados y desocupados no pueden ser negadas de un plumazo. Los beneficios de las clases medias obnubiladas por el consumo tampoco.

A su vez, detener la espiral inflacionaria que corroyó al elenco precedente exige equilibrar las cuentas públicas. Como adelantamos en diciembre, la vía de salida para esta encrucijada es recortar parcialmente el déficit y cubrir lo restante con endeudamiento externo e interno. El blanqueo es un recurso adicional y circunstancial para el mismo objetivo.

Para afirmar su poder, sin embargo, el gobierno calca la metodología empleada por Duhalde y Kirchner: sinceró el precio real del dólar -buscando competitividad por esa vía, la única que tiene hoy al alcance- aumenta subsidios, extiende el universo de los beneficiados por ellos (un millón y medio más), cumple con la deuda del Estado respecto de los jubilados del nivel medio, concede aumentos en paritarias muy por encima de la pauta oficial de inflación anual…

Todo esto es exactamente lo inverso de lo que el saneamiento capitalista reclama, como se lo recuerdan amargamente a Macri sus aliados de la derecha liberal. Naturalmente la inflación se disparó. La suba de precios de servicios y alimentos ha creado una situación de zozobra para una amplia mayoría social. Como recurso para sofrenar la inflación, además de abrir la importación a bienes de consumo el gobierno aumentó a niveles de desastre la tasa de interés: 38,5%. El frenazo fue para la producción y el consumo. La recesión retoma la caída del gobierno anterior y se potencia hasta lo insostenible. Como respuesta, Macri dio marcha atrás con aumentos en los servicios (es decir, postergó el saneamiento del déficit y el descontrol en los precios relativos), inició la baja de las tasas de interés (a la fecha está en 33,5%) y espera que la combinación de aumentos por paritarias, aguinaldo, pago extra a 2 millones 500 mil jubilados e ingresos por blanqueo saque a la economía de la parálisis.

Es probable que en alguna medida ese efecto comience a sentirse a partir de julio. Pero nunca en la medida de lo necesario para reinstaurar de inmediato el giro económico y poner en marcha el plan desarrollista centrado en obras públicas (sobre todo infraestructura vial) y el famoso pero todavía inerte Plan Belgrano.

En cualquier caso, limitarse a pedir mejoras salariales y condenar por «neoliberal» al macripopulismo es mucho más que un error. Es un suicidio a plazo fijo. En este marco de inestabilidad, Macri avanzó raudo en una política internacional basada en la voluntad de Washington de afirmar un eje con Buenos Aires, sumar al país a la Alianza del Pacífico y marchar paso a paso por el camino de la contrarrevolución continental (ver Argentina como cabecera de playa…)

Perspectivas

Mientras tanto, el peronismo centra todos sus esfuerzos en evitar la continuidad de la dispersión y negocia con el oficialismo para sobrevivir; las huestes de Fernández se escurren acompañando la estupefacción general ante las revelaciones de descarada corrupción; el sin-dicalismo pone fecha a su unificación con nuevas caras pero descarta un plan de lucha y una chispa de movilización estudiantil el mes pasado se extingue hasta nuevo aviso. Las izquierdas con cargos legislativos se suman como elenco estable a funambulescos programas de televisión convencidas de que a fuerza de gritos y denuncias ganarán la inteligencia y el corazón de las masas. Ni por excepción aluden a la crisis capitalista. La anomia se impone. Y deja un amplio margen de maniobra al plan oficialista.

No cesará la lucha interburguesa por el reparto de la plusvalía. Tampoco las protestas sindicales allí donde las bases aguijoneen. Pero ni partidos del capital ni aparatos sindicales se lanzarán contra el plan estratégico de Cambiemos y Washington. Sólo el disminuido y acorralado conjunto subordinado a la voluntad de la ex presidente busca desestabilizar de verdad. No faltan bases objetivas para gestar un poderoso movimiento social de rechazo. Pero no serán estos agrupamientos -mucho menos sus nombres conocidos- los que convoquen la energía de las masas.

Argentina continuará decayendo, incluso si el gobierno logra poner en marcha su plan desarrollista. La clase trabajadora en todos sus estamentos pagará el precio, aunque por supuesto en grado muy diferenciado. La pobreza y los subsidios son necesarios para reestructurar un ejército de reserva por ahora como base electoral. Peronistas y liberales se reparten el negocio.

Podemos trazar un rumbo diferente. Lo repetimos en cada ocasión. Estamos convencidos de que la militancia lo asumirá.

Argentina, 8 de junio de 2016

 

 

 

Argentina como cabecera de playa imperialista en América Latina

 

Frágil como es, el gobierno presidido por Mauricio Macri constituye la única base de apoyo con envergadura suficiente para la embestida de Washington contra Venezuela y el Alba. De modo que los estrategas del Departamento de Estado deben garantizar a la vez el acoso constante contra la Revolución Bolivariana y la consumación de la contrarrevolución en la propia Argentina.

Esto último no será sencillo. Para ellos se trata de completar la destrucción de conquistas democráticas alcanzadas por la clase trabajadora y el conjunto de la población desde la derrota de la dictadura en 1982.

Desde entonces, saqueo económico a la nación y sus mayorías, violento retroceso social, división de la clase trabajadora y pulverización de las vanguardias, no fueron suficientes para aventar el fantasma: una tradición de lucha obrero-estudiantil y de organización de masas sin parangón en el continente.

A Alfonsín le cupo, desde la perspectiva socialdemócrata la ímproba tarea de recomponer la democracia burguesa y reinsertar a las masas en ese sistema político. A la vez que se afirmaba la conciencia democrática, aumentaba la ofensiva capitalista en términos económicos que arrolló al líder de la UCR e impuso a Menem. De la Rúa simboliza con el estallido de 2001 el fracaso de cualquier intento de estabilización capitalista. Pero no hubo respuesta apropiada desde las vanguardias y la burguesía pudo iniciar otra etapa tras su propósito. Luego del colapso, los gobiernos de Duhalde, Kirchner y Fernández fueron, por desiguales caminos y con diferentes maneras, instrumentos del capital para recuperar terreno, ahora a la vez político y económico. Bastan dos evidencias: el país es hoy más pobre que en 1998; la clase obrera, las juventudes y el pueblo, están hoy más divididas y desvalidas que jamás en su historia. Ese cuadro se complementa con un sistemático avance por la negativa como se verá enseguida.

Yerran quienes creen que desde mayo de 2003 «avanzó el pueblo». Muchos están sanamente convencidos. Porque el decurso argentino se inscribió en el marco de la Revolución Bolivariana y la posterior creación del Alba, con conquistas valiosas contra Washington como la creación de Unasur y Celac, todo con la derrota inicial del Alca como trasfondo. Pero ideológica y prácticamente Argentina fue en términos estratégicos un obstáculo mayor en cada paso de ese proceso regional, mientras que fronteras adentro se avanzaba en el saqueo hoy a la vista, en la quimera imbécil de construir una «nueva burguesía nacional», en la división extrema del movimiento obrero, en la confusión ideológica y el atolladero político comprobable con la elección de Scioli como candidato del peronismo y Macri como única alternativa.

Pese a todo, no está dicha la última palabra. Peronismo y liberalismo, ambos en sus diversas fracciones, carecen de enraizamiento en la clase trabajadora. Sólo en franjas marginales -superpauperizados y franjas de las capas medias- tienen aquéllos y éstos algún grado de articulación efectiva, que logran multiplicar en momentos electorales pero le es por completo insuficiente en el accionar político diario. Dicho de otro modo: la burguesía no tiene instrumentos consistentes para gobernar establemente.

Eso implica lo que apuntamos como avance por la negativa: obreros, trabajadores en general, estudiantes y juventudes, han tomado una muy grande distancia de las estructuras políticas del capital. El rapidísimo e inglorioso final del aparato vacío denominado La Cámpora, al que se sumó luego una parte de la izquierda reformista en Unidos y Organizados, es por demás elocuente de la vitalidad y potencia que tiene y tendrá cualquier empresa manipuladora de este tipo. La prolongada y sinuosa batalla de trabajadores y estudiantes por liberarse de la ideología burguesa encarnada en el peronismo cubrió su tramo final. Por eso mismo, de manera sorda, no consciente, mucho menos organizada, ahora mismo está librándose una batalla por el pensamiento y el sentir de las masas.

Continuidad del engaño

Vuelve así la idea principal de esta nota: contar con Argentina como ariete para la contrarrevolución regional implica como condición previa completar la contrarrevolución en nuestro país. Y a esa tarea están abocados la burguesía local –en todas sus expresiones políticas- y el imperialismo.

De allí provienen los gestos «progresistas» de Macri y Cambiemos, calcados de las trampas ya ensayadas por Kirchner y Fernández. Pero tras estas habilidades de fullero hay en realidad algo muy sólido y trascendental: la correlación de fuerzas entre las clases obliga a la burguesía a disfrazar sus propósitos con ideas y programas que saben son aceptables para las mayorías. Y no sólo engañar con palabras: para conseguirlo necesitan hacer concesiones reales en el terreno social. Subsidios, aumentos, beneficios a jubilados, son algunos de los recursos a los que apelan para tapar su rostro con un antifaz supuestamente popular y, ahora, también alegadamente desarrollista.

Estas concesiones, arrancadas además por la lucha económica de sindicatos y otras organizaciones, impiden llevar a cabo el plan de saneamiento necesario al capital para no colapsar. No por nada los liberales sin cargos de gobierno sueltan sapos y culebras contra esto que califican como «kirchnerismo civilizado». Porque en 6 meses a cargo, Macri y Cambiemos han hecho cualquier cosa menos una política liberal. Su retórica pseudorepublicana no puede ir acompañada de medidas efectivas en el terreno económico-social por la sencilla razón de que en cuestión de horas quedarían sin respaldo político-sindical y serían eyectados del poder.

De manera que las insoslayables concesiones económicas inviabilizan el plan de saneamiento estructural, a la vez que esa imposibilidad garantiza el retorno del fantasma de 2001.

Hemos reiterado que mientras esta situación coloca a la burguesía local por completo en manos del imperialismo, para éste no se trata ayudar a que Argentina salga del callejón oscuro en el que está bloqueada, sino que busca exclusivamente estabilizar a Macri como contracara de Maduro y, sobre la base de un eje Washington Buenos Aires, arrasar con la Revolución Bolivariana de Venezuela y con los gobiernos del Alba. Habrá oxígeno económico y diplomático mientras la Casa Blanca busca completar esa tarea. Si acaso lo lograra, de inmediato se volvería contra la clase trabajadora y el pueblo argentinos para cumplir la imprescindible faena de saneamiento capitalista.

Es entonces una carrera contra el tiempo. Estados Unidos  pretende sostener a Argentina en la convicción de que puede dar con éxito el mazazo final al gobierno de Nicolás Maduro. Pero si la Revolución se sostiene –y no tenemos duda de que esto ocurrirá- llegaría más temprano que tarde el ahogamiento de la táctica macripopulista y Argentina entraría en un tifón incontrolable que iría a sumarse a Venezuela y Brasil en el irreversible agotamiento de los métodos de control social a través del sistema democrático-burgués.

Papel histórico de las vanguardias reales

De allí que las dispersas y desorientadas vanguardias anticapitalistas tienen en Argentina una responsabilidad crucial ante la historia. El macripopulismo es inviable si choca con un programa político capaz de colocar las demandas económicas en este cuadro. Puede en cambio ganar terreno paso a paso, con la colaboración directa y explícita de las cúpulas sindicales

Véase este resumen brillante de Luis Barrionuevo cuando junto a sus pares anunció la reunificación de la CGT: «Estamos ante un gobierno con problemas. Cree que no necesita a nadie, pero, sobre todo, nos necesita a nosotros. Somos los responsables de darle gobernabilidad a la democracia». El titular de Gastronómicos omite otros actores necesarios para esa empresa: el reformismo socialdemócrata y socialcristiano, impregnado en organizaciones sindicales, políticas y sociales.

Aun así, tiene toda la razón. El gobierno afronta un problema inmanejable para la burguesía mediante sus aparatos actuales y la única manera de sostener el sistema («darle gobernabilidad a la democracia», según el teórico ex menemista) es con el respaldo activo del movimiento sindical degenerado y los agrupamientos políticos empeñados en el supuesto «mal menor».

Aquí aparece el papel decisivo del pensamiento y la acción revolucionaria. Si todo se limita a vociferar contra una persona o contra el inaprensible «neoliberalismo» en lugar de afirmar un programa, una estrategia y una organización capaz de disputar exitosamente el poder al capital, caben pocas dudas de que las masas serán doblegadas por la tenaza mortal del plan burgués desarrollista y el cínico respaldo de las cúpulas sindicales.

En primer lugar, se trata de hacer una correcta caracterización del gobierno. Simultáneamente, de realizar un esfuerzo teórico político de proporciones para unificar en un programa de acción a las masas trabajadoras y el conjunto del pueblo.

Como lo demuestra la permanente agresión del imperialismo contra la Revolución Bolivariana, como prueban los inequívocos pasos delante de Washington al alinear a Argentina en la Alianza del Pacífico, no hay espacio para demoras ni errores.

De las posibilidades objetivas para lanzar un contraataque habla a las claras el espectáculo en la OEA, cuando ante la exigencia de aplicar la Carta Democrática contra Venezuela, a la hora de la verdad hasta el propio gobierno argentino debió ceder, virar en redondo, dejar en ridículo al Malinche uruguayo y facilitar una estrepitosa victoria de las fuerzas revolucionarias en el seno de la contrarrevolución hemisférica.

En ese escenario basculante falta la voz de la clase obrera y los estudiantes de Argentina. Y ésa es responsabilidad, también y sobre todo, de quienes nos consideramos revolucionarios marxistas.

 

 

Sutna: merecida derrota de una dirección propatronal

 

A fines de abril hubo elecciones en el sindicato del neumático. Por amplio margen perdió la lista encabezada por Pedro Wasiejko, quien hace tiempo sepultó su pasado clasista para conciliar con las patronales. Además de secretario de ese sindicato era adjunto de la CTA encabezada por Hugo Yasky. Esta estructura, asociada con el kirchnerismo y sometida a la línea política dictada por Cristina Fernández, perdió así su único sindicato industrial.

Ganó la Lista Negra-Roja-Granate, encabezada por Alejandro Crespo, miembro del Partido Obrero.

Este resultado es indicativo del sentimiento dominante en amplias franjas del movimiento obrero industrial, que se expresó en un voto contra Scioli en noviembre último y traduce a las claras la potencialidad del proletariado, aplastada durante años no sólo por cúpulas sindicales tradicionales sino también por quienes se postularon como “honestos y combativos y, arrastrados por la dinámica de la CTA, se convirtieron en lo contrario.

Todo el respaldo a la nueva conducción en la medida en que busque la unidad social y política del conjunto de los trabajadores.