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Eslabón 135

A debate la caracterización del nuevo gobierno

Macripopulismo, pseudo desarrollismo y plan contrarrevolucionario continental

Como parte de una estrategia regional diseñada en Washington, Argentina busca representar una vitalidad que el capitalismo no tiene. El capital trata de recuperar el control político interno y contraponerse a la oleada revolucionaria iniciada a comienzos de siglo y ahora en declinación coyuntural.

Esta estrategia imperialista fracasará. Tanto al interior del país como en su proyección regional. Los fundamentos de esta afirmación los daremos enseguida. Ahora importa señalar el ineluctable desenlace y apuntar un elemento clave a considerar en la coyuntura: el tiempo que transcurrirá entre el interregno actual y su desenlace.

El tiempo es un factor fundamental en el accionar político. Por eso una genuina dirección revolucionaria afronta cada acción apoyada en caracterizaciones generales, previas al desarrollo de los acontecimientos. Jamás basada en impresiones inmediatas.

Si la burguesía logra completar la labor de demolición ideológica, programática y organizativa alentada durante los 12 años del último gobierno, Macri tendrá espacio para convertirse en un caudillo fascista. Que eso ocurra o no depende de otro factor, hasta ahora inexistente: que la elaborada línea de acción del gobierno sea contrarrestada por otra, tanto y mejor procesada, de los revolucionarios marxistas a la cabeza de un abarcador frente antimperialista y anticapitalista.

 

Interpretaciones

Cometen un error grave quienes identifican linealmente este gobierno con lo que, insistiendo en la utilización de un concepto vacío, denominan “neoliberalismo”. Por el contrario, con la aplicación de un programa económico desarrollista, apoyado en una política populista, cabría denominar “neokeynesianismo” (o neo-neo-neo Keynesianismo, si se cuentan fallidos ensayos anteriores) a la coalición formada tras Mauricio Macri.

Como esa designación ya fue utilizada, entre otros, por Néstor Kirchner y su sucesora, no sirve para promocionar el nuevo ensayo. Llámese como se llame, a dos meses de gobierno es un hecho que las clases dominantes no se proponen un ajuste clásico y experimentan un plan de captación estratégica del conjunto social. Las herramientas para esa operación son un pseudo saneamiento político y un nuevo pujo de la estructura económica, todo bajo un sesgo populista (http://bit.ly/1Q2APcP).

Ya está en marcha el intento. Como se señalara en estas páginas (http://bit.ly/1Q0nr2A) tras ese plan han hecho un frente único todos los sectores del gran capital (y han cooptado franjas del pequeño y mediano), más las cúpulas sindicales. Como primer resultado ese realineamiento produjo lo obvio, aunque a velocidad mayor a la prevista: desarticulación del Frente para la Victoria, fragmentación del peronismo y comienzo del fin del así llamado “kirchnerismo”, cuya última fase, “cristinista”, coronó uno de los momentos más marcados de degradación política, económica y moral en una historia nacional donde no faltan antecedentes de corrupción y decadencia.

Con base en esa caída, que según se afirma será denunciada con extensión y detalle por Macri el 1 de marzo, en su apertura de sesiones del Congreso, el gobierno tiene margen para aplicar un torniquete en favor de la burguesía. Dada la rebatiña practicada por Cristina Fernández y los suyos, combinada con impericia y sobresaliente desinterés por el destino del país y su población, la burguesía tiene una plataforma sólida para mostrarse diferente y superior. A eso se han lanzado.

Se trata de un intento in extremis del capital por recomponer un sistema de dominación que estalló en 2001 y se prolongó de manera bastarda, Duhalde y Kirchner mediante, al tremendo costo de entregar la cosa pública a un conjunto de aventureros, oportunistas y vulgares ladrones, todos por fuera del entramado tradicional de las clases dominantes, cuya incapacidad de gobernar quedó a la vista con la huida de De la Rúa y el sainete posterior. A la vez, se trata de una táctica imperialista destinada a aislar y derrocar al gobierno de Venezuela. Lograrlo implicaría postergar la confrontación directa con las masas en América Latina y llegar a él con el desigual proceso revolucionario de los países del Alba debilitado, otra vez fragmentado o incluso vencido.

Un único punto a favor tiene este proyecto en Argentina: la desaparición de la clase obrera para sí (es decir, con conciencia de su lugar en la sociedad) y la pulverización de las fuerzas revolucionarias marxistas. Esta afirmación es válida también para el conjunto de América Latina y parcial pero significativamente para los países del Alba.

Nos apresuramos a subrayar que la desaparición de la clase obrera para sí coincide con un crecimiento sin precedentes de la clase obrera en sí (la condición de trabajador que produce plusvalía) provocada por la proletarización de prácticamente todas las profesiones antaño denominadas “liberales”.

Pero ese crecimiento cuantitativo carece de peso político en tanto no tenga lugar la toma de conciencia de al menos una minoría sustantiva que reconozca sus propias banderas y las enarbole ante el conjunto social.

 

Populismo ultraconservador

Lenin estuvo entre los primeros que calificó como populistas a propuestas enfrentadas con el poder establecido sin fundamentos científicos y contrarias a un proyecto anticapitalista. Lo hizo a fines del siglo XIX, para denunciarlos, enfrentarlos y separar la organización revolucionaria marxista (entonces denominada socialdemocracia) de esa expresión al cabo aliada de la burguesía contra el proletariado.

Para informar y aclarar las cosas: un siglo después, sin necesariamente tomar el punto de referencia de Lenin y ya en la década de los 1990, en su Libro Azul el entonces rebelde opositor Hugo Chávez hizo igualmente una contundente denuncia del populismo.

Tales antecedentes fueron olvidados y ocultados para darle cobertura a un paso más en la confusión y disgregación ideológica de los trabajadores. Una de las deformaciones de la teoría científica de la revolución, con décadas de existencia y solapado apoyo de la burguesía, el llamado “marxismo nacional”, ya exangüe y pulverizado, reapareció en la figura de un charlatán veleidoso que, con ayuda de la prensa conservadora, fue transformado en taparrabos ideológico de los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. Taparrabos transparente, que feneció antes que su promotor, el pseudoteórico y buscador de oportunidades Ernesto Laclau.

Pues bien: la misma concepción es la que esgrime y practica el actual Presidente. La diferencia reside en la base social sobre la que se apoya inicialmente. En lugar de voraces advenedizos tiene detrás a la burguesía tradicional y al imperialismo. Otro rasgo distintivo es que, en lugar de arribistas ignorantes lanzados al enriquecimiento individual, cuenta con un elenco de burgueses orgánicos, capaces de practicar la corrupción de clase dentro de parámetros supuestamente manejables, diplomados en las mejores universidades del capital y alineados en el plan de choque frontal, pero medido y gradual, con la clase trabajadora y el conjunto del pueblo.

Es comprensible que las fracciones de pseudo izquierda incorporadas al gobierno anterior salten furiosamente contra Macri calificándolo de “neoliberal” e intentando desde el primer día cerrarle el camino para eventualmente provocar su caída. Sueñan con el antecedente De la Rúa. Es lógico: votos mediantes, el nuevo gobierno no sólo les arrebató los lucrativos puestos en el aparato del Estado, sino que los despojó de programa. Esto es posible por una razón obvia: unos y otros tuvieron y tienen como objetivo el mejoramiento del capitalismo. Macri podría firmar y levantar como bandera la consigna de Cristina Fernández en 2007, quien puso a Alemania como modelo a alcanzar por Argentina. La diferencia es que Macri se reunió con Angela Merkel antes de cumplir un mes de gobierno y recibió loas de la socialcristiana alemana, tan distante en todos los órdenes de Cristina Fernández.

Es por eso que las menos objetivas y más desproporcionadas caracterizaciones del nuevo elenco gobernante provienen de quienes intentan reivindicar el gobierno de la familia Kirchner. Ocurre un fenómeno semejante también en filas de izquierda, con apenas algunas excepciones.

Al igual que el FpV y la grotesca caricatura de organización política denominada “La Cámpora”, esos sectores de izquierda no previeron la derrota del candidato oficial. Fueron incapaces de leer la realidad social del país. El resultado de la sorpresa fue el pánico: había ganado “la derecha”. Se mostraba con esa conducta que de una u otra manera, en mayor o menor grado, se consideraba “de izquierda” al denominado “kirchnerismo”. Prueba suplementaria de que el oportunismo electoralista culmina inexorablemente con abandono de toda caracterización de clase.

En este caso, la dificultad para ver qué significación social y política tenía el anterior elenco gobernante impidió comprender su papel que, con el signo ideológico que se quiera endilgarle, permitió un saqueo por parte del gran capital financiero internacional y local de proporciones aun mayores que el sufrido durante los años 1990 (ya hemos dado los datos de esta afirmación en ediciones anteriores, y seguiremos haciéndolo en próximos meses). De allí se puede deducir, con certeza matemática, que esas corrientes no podrán confluir en una fuerza con perspectiva política y están destinadas a desaparecer inexorablemente. Condenar a Macri con eje en el aumento de la electricidad implica tratar de olvidar que exactamente el mismo plan de aumento brutal pero selectivo intentó aplicarlo Fernández y su maleable ministro de Economía, bajo el título de “sintonía fina”. Implica soslayar que en el último año y medio del gobierno anterior la nafta pasó de 4 a 15 pesos. ¿A nadie le pareció un escándalo el aumento del 375% en el combustible? Bien: ése es otro rasgo común del populismo: golpear violentamente contra las masas mientras se repiten discursos y gestos vacíos.

No es difícil observar que éste y otros recursos del populismo los emplea Macri con mayor energía y eficiencia, distante de los gritos lastimeros de su patética antecesora. Lo hace además en inequívoca reivindicación no ya del sistema, sino de la inserción de Argentina como pieza en el ajedrez imperial. Si Kirchner y su esposa buscaron en el prestigio de la Revolución Bolivariana el peso del que carecían internamente, estafando a masas y vanguardias, Macri apunta a usufructuar las dificultades serias en Venezuela, la debilidad ideológica del proletariado, la corrupción moral de grandes franjas sociales de diferentes clases, para buscar respaldo interno en el imperialismo y sus valores. A diferencia del populismo pseudo antimperialista, que proclamó el latinoamericanismo y puso palos en cada rueda echada a andar por Chávez (por algo no estamos en el Alba, por algo boicoteamos el Banco del Sur, por algo torpedeamos el Mercosur y no fuimos motores de Unasur), el populismo ultraconservador será metódico y consecuente en el cumplimiento de sus objetivos. Sólo podrá ser detenido por una consciente y organizada reacción de la vanguardia proletaria dispuesta a ponerse a la cabeza del país. De lo contrario, Macri y el conjunto de la burguesía avanzarán hacia un régimen fascista, única forma de afrontar la crisis estructural del sistema, potenciada además por la gravísima situación económica del capitalismo global y en particular de dos socios comerciales clave para Argentina: China y Brasil.

 

Plan inviable a mediano plazo

Cambiemos debe obligadamente evolucionar con el tiempo hacia el fascismo –y en el camino estallar, dejando en manos de Macri el poder bonapartista- porque la táctica populista requiere de bonanza capitalista, en tanto el mundo y nuestro país están exactamente en la situación inversa.

Se multiplican por estos días pronósticos de una recaída en recesión de los países centrales, semejante pero peor a la de 2008. No son pocas las voces que aseguran el cataclismo para los próximos meses. En nuestra opinión no será inmediato, pero en cualquier caso es inexorable. China pasó de un crecimiento promedio superior al 11% anual durante casi dos décadas, a otro del 6% en 2015, aunque hay dudas de la estadísticas expuestas por las autoridades de Beijing. Como sea, el frenazo es brutal, con perspectivas de agravarse este año y con enorme impacto sobre la economía mundial. En paralelo, la Unión Europea y Estados Unidos están estancados y en franca dinámica de recesión. El PIB industrial estadounidense cayó el 1,8% en el último año (hay que reflexionar sobre este dato crucial). Para llegar estadísticamente a un paupérrimo índice de crecimiento, se apela al crecimiento no industrial, pero particularmente al del sector financiero. En el primer mes de 2016 la Bolsa cayó en Estados Unidos un 6%. A partir del desempeño económico del último trimestre de 2015, se espera un crecimiento para todo 2016 de 0,7%. Eso implica en realidad recesión.

Allá también se apeló para salir de la caída de 2008 al recurso del “neokeynesianismo”. Como aquí ahora, le pusieron otro nombre: quantitave easing, que en inglés significa “facilidad cuantitativa” y en buen castellano implica emisión desenfrenada de papel moneda, como hizo aquí el gobierno anterior (por algo se sumó al Grupo de los 20 y rechazó el Alba y el Sucre, la moneda de cuenta de este bloque). A fin de año, la Reserva Federal resolvió que continuar con el emisionismo demencial llevaba al estallido a corto plazo y puso el freno. Igual que aquí.

Washington bascula entre la emisión y el aumento de tasas. Sus técnicos advierten que un 10% de alza en las tasas redunda en una caída superior al 1,5% del PIB. Lo que se dice “entre la espada y la pared”.

Con tasa cero e inundación de dólares Estados Unidos favoreció la competencia con su socio-enemigo. Ahora, con la apreciación del dólar (acelerada en 1,4% en lo que va del año), beneficia a la Unión Europea. En medio de todo, los efectos de la caída del precio del petróleo disminuyen la inversión y contribuyen a la tendencia recesiva.

Que en semejante contexto Argentina pueda aplicar y llevar a buen puerto un plan de inversión y desarrollo infraestructural es una presunción pueril. Si bien es verdad que la sobreabundancia de dinero en el mundo busca donde desembarcar, esto según la lógica capitalista requiere de altas tasas de ganancia. En la inversión productiva, elevada ganancia supone redoblada explotación del trabajador y el país en su conjunto, vía superexplotación laboral y saqueo financiero complementario. Y, por supuesto, mayor degradación de la naturaleza.

Por eso las promesas populistas de hoy (aumento real de salario vía reducción drástica de la inflación, restitución de asignaciones familiares, extensión a toda la niñez de la asignación por hijo, pobreza cero, plan de viviendas accesibles, Plan Belgrano, etc), son una ilusión sin otro desenlace que la frustración para quienes crean en ella.

Dado el panorama político-social actual, no serán pocos quienes incurran en esa fuga voluntarista. Por lo pronto, grandes sectores de la pequeña burguesía y, presumiblemente -a estar por el mapa electoral- también franjas de la clase obrera, tienen una actitud de confianza hacia esa propuesta. Según encuestas siempre manipulables y mentirosas, pero con un fundamento objetivo en términos generales, el 71% de la población aprueba la gestión de Macri. Otras mediciones, más cercanas al gobierno, llevaban esa cifra al 82%. El 71% señalado es posterior al aumento en las tarifas de electricidad.

 

Tareas urgentes

A esta realidad económica, política y social nos enfrentamos militantes y agrupamientos revolucionarios.

Con tácticas de denuncia economicista no podremos ganar la inteligencia y el corazón de las vanguardias, y quedará clausurado el camino a las masas. Sólo una propaganda que lleve a fondo la explicación y denuncia de las causas que provocan la situación actual puede aspirar a confrontar con éxito el desafío ideológico-político del gobierno en representación del capital.

Es engañosa la idea de que “uniéndonos todos” seremos más fuertes. Ponerse bajo la égida de figuras repudiadas del régimen anterior para defender una persona detenida o para impedir el aumento de tarifas de electricidad, gas y transporte (ya volveremos sobre esto) es una garantía de fracaso. Quienes quieren flanquear ahora a los restos del FpV para juntar votos en próximas elecciones se romperán los dientes contra la pared. La concentración en Plaza de Mayo en defensa de la Sra. Milagro Sala fue la escenificación del absurdo y de la completa pérdida de brújula –mejor dicho, de racionalidad- de prácticamente todo el espectro de la izquierda argentina.

No se puede hacer política revolucionaria con tácticas inmediatistas basadas en el impresionismo. Sala fue arbitrariamente detenida y esto pudiera ser un precedente para futuras persecuciones. Debemos denunciar la arbitrariedad y reclamar su libertad. Pero no podemos dejar de denunciar la condición y el papel políticos de esta falsa dirigente indígena, que vive en el lujo, saquea recursos del Estado bajo la ficción de cooperativas manipuladas y ofrece viviendas y escuelas a cambio de esclavizar a quienes acceden a ellas.

Aunque proviene de dirigentes sindicales con legítimos títulos, otrora reivindicados por todo el arco del reformismo sindical, conjunto asociado luego a Kirchner y consorte, no podemos avalar la denuncia que pone a Sala como intermediaria en el narcotráfico. Ignoramos si tal afirmación tiene fundamento objetivo. Podemos en cambio afirmar que su labor nada tiene que ver con la concientización y organización de las masas oprimidas y explotadas para luchar contra el capitalismo. En realidad, es todo lo contrario.

En consecuencia, respaldamos la investigación de la conducta pública de Milagro Sala y, si se confirma lo que indican las apariencias, avalaremos su detención por estafa al erario público, del mismo modo que apoyaremos toda acción que lleve a la cárcel a Cristina Fernández, su impresentable vicepresidente y el resto del elenco mafioso que la acompañó en su obsceno enriquecimiento ilícito.

En cuanto al tarifazo, aparte de no dar consejos a gobiernos burgueses, las fuerzas revolucionarias no respaldamos jamás la irracionalidad. En este caso, el gobierno saliente dejó un legado de descomunal e inmanejable desbarajuste en los precios relativos. Si un café en un Bar equivale a un bimestre de suministro eléctrico, si una cerveza supera el precio de la boleta bimestral de gas, si una entrada a un partido de fútbol iguala el costo de 8 meses de factura eléctrica, es que todo está desquiciado por una política irracional e irresponsable. Detrás de la producción de energía –para poner sólo este ejemplo actual- hay trabajo. El trabajo insumido para proporcionar energía eléctrica a una familia durante dos meses no puede ser equivalente al precio de un café. Precios sin correlación con el valor, es decir, con el trabajo incorporado en cada bien, equivalen a desequilibrios que fatalmente pagarán los trabajadores por otra vía, invisible y más onerosa. Demagogos populistas pueden defender esa desproporción relativa o desconocer causa y efecto de tales desequilibrios. Pero nadie, sea en una economía capitalista, de transición o socialista, puede escapar a la ley del valor.

Estudiar y luego explicar a toda la militancia esa ley fundamental del capitalismo es una de las tareas principales que afronta hoy la vanguardia revolucionaria. Sólo con ella como basamento (es decir, sólo con la herramienta marxista), se puede comprender la realidad que vivimos a escala mundial, regional y local.

Otra tarea, decisiva, es encontrar los caminos para la recomposición de fuerzas. Insistimos en el concepto de recomposición, no de unidad. No es revolucionario todo el que se autocalifica de esa manera. Lo mismo vale para la denominación marxista. Hay revolucionarios que no son marxistas. Y marxistas que no son revolucionarios. Conocer la teoría no implica compromiso con la abolición del sistema. Entregar la vida en la lucha no garantiza comprensión de los fundamentos del sistema y, por tanto, dificultará al extremo y al cabo inhabilitará la superación del capitalismo. A la conocida frase de Lenin “sin teoría revolucionaria no hay acción revolucionaria”, corresponde complementarla hoy, luego de tanta corrupción ideológica, con “sin acción revolucionaria no hay teoría revolucionaria”.

Eslabón tiene como lema “Por la recomposición de las fuerzas marxistas”. Y la UMS se define como “Destacamento en la construcción de un partido de los comunistas”. Llevamos más de dos décadas levantando estas consignas y trabajando por ellas. No asombra que tanto tiempo –medido en términos de la fugaz vida individual- sin éxitos palpables y, por el contrario, con sucesivos fracasos, lleve a pensar que son objetivos inalcanzables. Nosotros creemos lo contrario. Y perseveramos.

Por eso participamos y continuaremos participando en toda instancia que explícitamente se proponga aunar voluntades de luchadores comunistas y avanzar hacia la recomposición de fuerzas que culmine en la fundación de un partido revolucionario marxista, es decir, comunista.

Sabemos que ese objetivo es inaccesible sin inserción en la clase obrera y el pueblo. De modo que también participamos -y lo seguiremos haciendo sin dudar- en toda instancia que asuma la necesidad de alcanzar la unidad social y política de las grandes masas oprimidas y explotadas.

Una vez más proponemos la constitución de una mesa de recomposición de fuerzas revolucionarias marxistas, que con la debida consistencia teórica y seriedad política se plantee en principio coordinar y luego unificar en términos partidarios a la miríada de militantes comprometidos con la revolución socialista en todo el país.

Por eso proponemos, además de estudiar con empeño la teoría, realizar los máximos esfuerzos por recorrer el arduo camino de la convergencia comunista. Esto último incluye, desde luego, a quienes reivindican la Oposición de Izquierda del Partido Comunista de la Unión Soviética y luego fueron identificados como trotskystas por el stalinismo. Un segmento de estos adoptó la denominación (que León Trotsky rechazó) y casi invariablemente tuvo un desvío ultraizquierdista que lo inhabilitó como alternativa a las fuerzas castigadas y en muchos casos diezmadas por el capitalismo y el stalinismo. Otro, en el que se incluyen decenas de miles de militantes en Argentina, y un número incuantificable en América Latina y el mundo, todavía espera o lucha activamente por recuperar su pertenencia ideológica, programática, estratégica y organizativa.

Encuentros sucesivos en todo el país pueden ir convergiendo en torno a definiciones estratégicas, programáticas y organizativas que permitan un salto cualitativo hacia la formación del Partido de la Revolución Socialista Argentina que nuestra clase y nuestro pueblo necesitan.

En paralelo haremos los mayores esfuerzos por entrelazar capacidades y voluntades en América Latina.

De manera que, rescate y reivindicación de la teoría marxista, recomposición de las fuerzas antisistema en Argentina, búsqueda incansable de la unidad social y política de las grandes masas, pasos efectivos en la coordinación y avance hacia una dirección común en América Latina, son en resumen las grandes tareas que afronta la militancia consecuente. Nuestra mano tendida hacia todos/as quienes se dispongan a emprender esta empresa histórica.

Argentina, 8 de febrero de 2016

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