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Eslabón 131

Eslabón131Irreversible agonía de un sistema

Fraude, corrupción, violencia …¿democracia?

No importa cómo culmine el recorrido en el Poder Judicial: con la anulación de las elecciones en Tucumán la institucionalidad del Estado nacional argentino se ha mostrado en su irremediable deterioro y coloca al país en el umbral de 2001. Este escabroso final -que acaso no ha mostrado todavía todo el desorden que bulle por debajo- si no tiene avatares mayores antes del 10 de diciembre sólo puede continuarse a partir de entonces con mayor desorden e ingobernabilidad, sea quien sea quien reemplace al elenco actual. La burguesía y sus mandantes del Norte buscan atolondrados una respuesta táctica para la coyuntura: después de haber pasado de Daniel Scioli a Mauricio Macri, ahora sospechan que la única posibilidad de alcanzar alguna forma de estabilidad es imponerlo a Sergio Massa. Y allá van.

Creyeron haberse salvado en 2002 con Duhalde y en 2003 con el desesperado recurso de un desconocido elenco santacruceño. Prolongaron por una década suculentos negocios y pagaron un precio menor por ello: ver que el Ejecutivo hacía guiños al proceso revolucionario latinoamericano. No se alarmaron porque a la vez proponía a Alemania como modelo.

Cualquier cosa era menos grave para el capital que la continuidad del proceso de Asambleas populares extendiéndose a todo el país. Algunos recordaron tal vez que la traducción de Asamblea al idioma ruso es una palabra temible: Soviet. De manera que al cabo de un período de rechazo verbal sin consecuencias, los restos maltrechos de la antigua burguesía se adaptaron al estilo de la familia entronizada. La voracidad de los advenedizos era el mal menor. Y así el país continuó por la pendiente hacia un abismo que pocos quisieron advertir.

Ahora estamos allí. Otra vez en el borde. En Tucumán no fue posible ocultar por más tiempo la naturaleza del nuevo sistema político con el que se reemplazó al derrumbado en 2001: es un adefesio insostenible; inútil para que las clases dominantes ejerzan su poder de manera estable y pacífica. Mucho menos se trata de un régimen de transición hacia una revolución o siquiera un tímido intento transformador. Fue apenas un paréntesis patético en el desmoronamiento.

En la cuna de la Independencia había 25 mil candidatos de 500 partidos para cubrir 352 cargos (son cifras oficiales) en los comicios del pasado 23 de agosto. El propio gobernador saliente reconoció que el día de las elecciones se repartieron bolsones de comida. Desde la oposición admitieron que se hace siempre y que ellos también recurren a ese método de captación. Unos y otros estuvieron, casi por partes iguales, en la quema de urnas.

En la noche posterior a los impúdicos comicios hubo una pueblada. Algún despistado la denominó «Tucumanazo». Nada parecido. Era la UCR la que convocaba, despechada por la oportunidad perdida. Pero sí fue semejante la represión desatada contra ciudadanos desprevenidos que habían concurrido con sus familias a protestar a la Plaza de la Independencia.

Fue tan escandaloso que prensa y dirigencias políticas debieron darse por enterados y mostrarse escandalizados. Pero lo que en Tucumán se hizo incontrolable, en todo el país es habitual. El sistema electoral argentino es fraudulento y el ejercicio que de él hacen los aparatos políticos burgueses lo es más aún. Ahora que ya no tienen partidos ni sindicatos con raíces en la sociedad, las clases dominantes tampoco tienen reglas. Han perdido toda seriedad y sentido de futuro: el desdoblamiento de las elecciones y el invento de las Paso hacen de los comicios un carnaval: desde marzo prácticamente no hay una semana sin elecciones. Y todavía falta mucho, tal vez demasiado para el ánimo popular. Al espectáculo decadente se han sumado antiguos y nuevos reformistas. La parálisis de genuinas fuerzas revolucionarias completa el panorama.

Mientras tanto la sociedad asiste asombrada -y en alguna proporción asqueada- a la descarada corrupción de las autoridades. Basta leer la declaración jurada de bienes del elenco alojado en la Rosada, a comenzar por la de la Presidente, incluso aceptando que esas cifras mentirosas son las reales, para comprobar que la inmoralidad y el descaro de esta gente clausura desde el punto de partida cualquier pretensión de «progresismo». Según esos datos, durante el período de gobierno matrimonial Fernández ha multiplicado su fortuna por 25 (de 5 a 125 millones de pesos). Ahora comienzan a quedar a la vista latrocinios desmesurados, artilugios para acumular riqueza mal habida que avergonzarían a un rufián pero se multiplican diariamente en los medios de prensa sin que el mecanismo se detenga.

Esas revelaciones tienen ya su contrapartida pública: desde el gobierno se denuncia que el supuesto renovador liberal, el Sr. Mauricio Macri, saquea las arcas públicas con idéntica impudicia. El aspirante de «Cambiemos» responde con idéntico desprecio por la sociedad ante la exposición a la luz pública de que en ése como en otros rubros, se trata de la continuidad de lo mismo. El silencio de gobierno, prensa, partidos y candidatos ante el derramamiento de 15 mil litros de cianuro por la Barrick Gold en San Juan, indica a las claras dónde está el país.

En la cúspide de este repugnante fin de fiesta la Presidente actúa como digna anfitriona. Animada por una tradicional prensa venal que la condena y a la vez, para mejor conducirla hacia el fin que le prepara, la adula con insólitas mentiras («es inteligente»; «tiene coraje»; «ejerce el poder total hasta el último minuto»; «no es un ‘pato rengo’»; tiene un elevadísimo índice de aceptación en el electorado» y otras bobadas por el estilo), pero cegada también por el otro flanco mediático -el venal no tradicional- tras haber designado sucesor a su peor enemigo interno, obligada por su penosa debilidad, Cristina Fernández huye en zigzag y demuele lo poco que resta de la institucionalidad capitalista, al compás de una economía que hace tiempo dejó de sostenerse y sólo no estalla porque se hipoteca el futuro de 45 millones de habitantes por un miserable crédito de sobrevivencia hasta diciembre.

Sin continuidad posible

En pocos meses más se comprobará si es o no correcta una afirmación que la UMS hizo desde el primer momento: no hubo ni habrá nada parecido a una corriente política denominada kirchnerismo.

A partir del 10 de diciembre quedará a la vista que no puede existir una corriente política real en absoluta ausencia de ideología, programa y estrategia. El peronismo, que sí tuvo ideología, programa y estrategia, engullirá los restos de esta aventura, altamente beneficiosa para el elenco dirigente, aunque de nefastas consecuencias actuales y futuras para el país y el conjunto de la sociedad. Resta saber si la lucha ya en curso por el botín se desenvuelve en un marco de convivencia pacífica.

Córdoba y la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA completan una serie de desastres electorales de quienes se presentan justamente como kirchneristas: el candidato del FpV en la elección para intendente de Córdoba obtuvo el séptimo lugar, con el 2,38% de los votos. El actual ministro de Economía, que logró unificar 10 agrupaciones para respaldarlo y disputar la conducción del Centro de Estudiantes de la Facultad, salió en cuarto lugar, con el 4% de los votos y sin siquiera un Consejero.

Esta debacle anunciada, afectará al PJ pero -al margen circunstanciales resultados comiciales- no fortalecerá a otro partido burgués. La inexistencia material de una corriente supuestamente progresista en el peronismo no abre crédito para un no menos supuesto progresismo liberal. Todo lo contrario: entre ambos han llevado al país al borde del fascismo. Y al compás de una crisis económica que no hará sino agravarse de aquí en más, un desarrollo lineal de las conductas ya prefiguradas completaría la labor de aniquilación moral y fragmentación extrema de la sociedad para dar paso a confrontaciones múltiples entre las clases subordinadas bajo el control de las clases dominantes. Sólo una enérgica acción política de masas por parte de una vanguardia lúcida y férreamente organizada puede torcer ese rumbo.

Para lograrlo es imprescindible romper la absurda, insólita, insultante defensa de la respuesta populista a la política liberal y viceversa. Según esta parodia de teoría económica, o la administración reparte lo que no tiene a costa de alimentar una hoguera de desequilibrios que devorará generaciones futuras, o se endeuda y entrega las riquezas naturales y el trabajo del país al capital financiero (entendido éste como se debe: fusión del gran capital industrial y bancario transnacionales) para tener cuentas balanceadas en el abstracto universo de los economistas burgueses.

Ese pseudo debate, que ofende la inteligencia, sólo demuestra que el llamado «progresismo» es un embelesamiento de imposible realización. No hay progresismo posible en medio de la agonía del capitalismo mundial. Populismo y liberalismo se encuentran en un punto irremediable: resolver la continuidad del capitalismo implica sanear el actual desbarajuste sistémico.

No hay sino dos respuestas posibles: capitalista, o anticapitalista. Revolución o contrarrevolución. Si la respuesta se mantiene en el marco del sistema, debe inexorablemente hacer pagar el costo de la crisis a los trabajadores. Si pretende que esto no ocurra, debe necesariamente romper la camisa de fuerza del capitalismo. Los «progresistas», que nos proponen acabar con la podredumbre a la vista votando a un candidato que no tiene posibilidad alguna de pesar en el esquema electoral, son en la mejor de las hipótesis personas honestas que no comprenden el mundo en el que viven y, por tanto, mal pueden proponerse como dirigentes. Tanto menos en medio de la amenaza que se cierne sobre el país. En una hipótesis menos benévola, se trata de ganapanes a la busca de un cargo oficial a costa del erario público.

De paso: quienes desde la izquierda dicen «que la crisis no la paguen los trabajadores», o bien ignoran absolutamente el mecanismo de funcionamiento del capital, o bien son vulgares demagogos, que mienten a sabiendas para juntar votos y obtener un lugarcito en algún rincón pestilente del andamiaje institucional de la explotación.

La crisis la vamos a pagar los trabajadores. Como siempre fue y como siempre será hasta que la tortilla se vuelva.

Pretender que el alud que se desliza contra la clase obrera será frenado por un diputado bienintencionado (incluso en la hipótesis hoy negada de que supiera hablar frente a las masas y tuviera qué decir) es prueba de un pensamiento ajeno a la lucha de clases, contrario a la interpretación científica del mecanismo social.

Duro de tragar, pero inevitable: o los trabajadores asumimos esta realidad, o pagaremos no sólo la crisis legada por 12 años de gobierno de camarillas mafiosas sino también la que nos deparará cualquiera de los tres candidatos con chances hoy de acceder al poder.

Argentina, América Latina y el Alba

Mientras discurre por esta vía la política argentina y en Brasil tambalea malamente Dilma Rousseff, de la mano de su ministro de Hacienda ultraliberal Joaquim Levy, Estados Unidos intenta una maniobra desesperada para que Nicolás Maduro no gane las elecciones legislativas del 6 de diciembre. Es claro que con el debilitamiento extremo de los gobiernos en Buenos Aires y Brasilia, resultante de una política reformista burguesa en el primer caso y reformista obrera en el segundo, la contraofensiva imperialista gana terreno.

Así, el Departamento de Estado intenta aprovechar esa ventaja para descargarla sobre su verdadero enemigo: la Revolución Bolivariana y el bloque de países con definición anticapitalista, el Alba.

En Venezuela la oposición al servicio de Washington está más dividida y debilitada que nunca. Eso contrapesa el hecho de que los resultados de la guerra económica hayan mellado la confianza en una franja de los votantes chavistas y, con datos de consultoras inequívocamente alineadas con el imperialismo, la Casa Blanca ha llegado a la conclusión de que debe acelerar con operaciones bélicas mediante paramilitares colombianos, que sumados a la tenaza formada por el los gobiernos de Guyana y Colombia, logren provocar una situación de descontrol interno y agresión externa antes de los comicios. Todo acompañado por una redoblada campaña de prensa, más mentirosa y vil que nunca, buscando en todo el mundo denigrar y debilitar a Maduro y su gobierno.

En la edición anterior de Eslabón adelantamos que desarrollaríamos nuestra posición acerca del papel del Alba en este cuadro regional y de las organizaciones revolucionarias frente a este bloque. Ínterin fue difundido un extenso artículo de nuestro compañero Luis Bilbao que expresa nuestra opinión al respecto. Por lo tanto remitimos a ese material (ver http://bit.ly/1YhCgpi).

Ese material omite dos cosas: las gravísimas consecuencias que para nuestra militancia puede tener la táctica del Alba de asociarse públicamente con los gobiernos decadentes y en ignominiosa y cobarde retirada de Brasil y Argentina y la urgente necesidad de actuar frente al hecho de que los gobiernos de ese bloque no pueden hacerse cargo de nuestras tareas, precisamente porque se trata de un bloque de naciones y hace falta una organización internacional de partidos y movimientos sociales para asumir la tarea que en ninguna hipótesis puede demandárseles a esos gobiernos que, en muy desiguales relaciones de fuerza, luchan contra las burguesías y el imperialismo en sus países.

Es probable que el compañero Evo Morales no haya sopesado suficientemente el significado de viajar a Argentina a apoyar a Scioli, un agente directo y confeso del imperialismo, que con ayuda del Departamento de Estado y sobre la base del calamitoso desempeño de Cristina Fernández pudo imponerse como candidato de continuidad de este gobierno. Lo mismo vale para declaraciones de apoyo y simpatía por parte de otros altos funcionarios de gobiernos del Alba respecto de un partido gobernante que, en el centro proletario más importante del país, Córdoba capital, obtuvo el 13 de septiembre el 2,38% de los votos y salió en séptimo lugar, por detrás de pequeñas organizaciones de izquierda.

Camaradas gobernantes del Alba: tales conductas no sólo atentan contra el trabajo de los revolucionarios de nuestro país. A su turno debilitan al Alba y redundan en un fortalecimiento de las bases para la contraofensiva imperialista en curso.

Comprendemos muy bien que la dispersión y desorientación de las izquierdas en nuestro país los impulsen a apoyarse en lo que está a la mano. Pero es un doble error. Cristina Fernández dijo recientemente, en una humillante orden pública a un delfín que con certeza no la aceptará, que «hay que seguir profundizando la integración latinoamericana». Dejemos de lado el significado ya probado de la palabra «profundización» en boca de este gobierno y del concepto «integración», deliberadamente dirigido contra la noción de «unión». Aparte eso, que en modo alguno es menor, hay que preguntarse: ¿por qué en 12 años no se integró el gobierno argentino al Alba? ¿por qué en cambio se sumó al G-20? ¿por qué puso trabas definitorias -en acuerdo con los gobiernos de Brasil- para impedir la puesta en marcha del Banco del Sur? ¿por qué contribuyó a la parálisis y agonía del Mercosur?

En las respuestas a estas preguntas está la clave del papel que estos gobiernos reformistas -de diferente naturaleza: burguesa en Argentina, obrera y popular en Brasil- han sido piezas clave para que el imperialismo esté hoy en condiciones de un contraataque en toda la línea.

Por eso la militancia revolucionaria en Argentina no puede dudar frente a dos tareas urgentes e inseparables: rechazar la caricatura de democracia burguesa hoy ejemplificada en Tucumán y realizar los mayores esfuerzos para avanzar en la coordinación de organizaciones de tipo partidaria y de movimientos sociales con la perspectiva explícita de conformar una internacional latinoamericano-caribeña antimperialista y anticapitalista, que defienda las revoluciones de los países del Alba y desarrolle la organización y la lucha por el poder político en toda la región.

Para la UMS se trata de conformar un bloque de rechazo que haga una propuesta de Voto Protesta con un programa común y a la vez promover encuentros regionales para anudar eslabones de una estructura internacional, siempre en base a la defensa de lo que es hoy el centro de la escalada imperialista: la Revolución Bolivariana de Venezuela y el gobierno del presidente Maduro.

Argentina, 17 de septiembre de 2015

 

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