Home >> Eslabón >> Eslabón 130

Eslabón 130

Balance de las Paso del 9 de agosto

Dos hechos en cierta medida contradictorios caracterizan el resultado de las elecciones del 9 de agosto: de una parte, la fragmentación y debilidad sin precedentes de las clases dominantes y sus partidos; de la otra, su capacidad para ejercer sin la menor excepción el control, en todos los órdenes, sobre las clases dominadas.

La burguesía y sus mandantes imperiales no tienen partidos ni dirigentes en situación de sostener la hegemonía sobre los trabajadores. La clase obrera y sus aliados carecen en grado absoluto de instrumentos políticos e incluso sindicales.

Argentina ingresa así a un nuevo período histórico, cuyo rasgo domi-nante será, durante toda una primera etapa, el desorden, la inestabilidad, los cambios bruscos de sentido en el rumbo social, todo en el marco de una constante degradación en todos los terrenos.

En la base de esta dinámica inexorable está la causa que produjo la generalizada desagregación señalada: la crisis estructural del sistema capitalista local, ahora combinada con la revelada abiertamente a escala mundial. Esta combinación obrará como acelerador de los conflictos sociales y políticos.

Si se admiten como correctas las afirmaciones sobre el significado más profundo del resultado electoral, esto supone que el choque social sin instrumentos políticos ni sindicales de una u otra clase dará lugar a la ingobernabilidad. Los aludidos cambios de sentido en la marcha tenderán a resolverse sea por un cambio de hegemonía a favor de los sectores explotados y oprimidos, sea por la victoria del fascismo en nuestro país. A esto último apunta la ofensiva impe-rialista en toda la región, que en Argentina se apoya en el colapso moral, político, económico e institucional de un régimen que cínicamente se presentó como parte de la revolución latinoa-mericana en curso, mientras fronteras adentro hacía todo lo contrario.

La victoria del fascismo sería la proyección victoriosa -no en términos electorales, sino de hegemonía efectiva sobre un sector mayoritario en la sociedad- de cualquiera de los tres candidatos que hoy son señalados por la prensa comercial como «presi-denciables». A ese fin contribuyen como se ha visto hasta el momento -aunque en un hipotético futuro podría ser de otra manera- corrientes socialde-mócratas, infantoizquierdistas y centristas. A la inversa, una eventual nueva hegemonía de los de abajo sólo podría afirmarse en Asambleas, de las cuales fueron un inicio malbaratado las que proliferaron desde fines de 2001 hasta el segundo trimestre de 2002.

Quienes no concuerden con esta caracterización básica, pueden seguir en la esforzada labor por obtener puestos de concejales y diputados en sucesivas elecciones. De lo contrario, urge acordar una estrategia diferente, capaz de ofrecer a la clase obrera y al conjunto del pueblo argentino una salida efectiva del abismo por el que ya rueda cuesta abajo.

Nuestra afirmación no se basa en preconceptos sino en datos incon-trastables. El 9 de agosto hubo una abstención del 30%. Los votos blancos y anulados sumaron además el 5,3%. Los tres candidatos del capital directa-mente digitados por Washington sumaron el 93% de los votos válidos, es decir, sin reconocer la expresión de omisión o rechazo mediante voto en blanco o anulado como base para el cálculo real, exponiendo la naturaleza antidemocrática del sistema vigente. La socialdemocracia explícita obtuvo un 3.5%. Fórmulas de diferentes izquierdas alcanzaron sumadas un 4,71%: 3.3 el Fit; 0.5 el Frente Popular; 0.47 el Nuevo Mas; 0.44 el MST.

He allí, en números, la disgregada hegemonía del capital y la incapacidad del electoralismo contestatario para dar respuesta a la voluntad mayoritaria de la sociedad. En las Paso los partidos de la burguesía y el imperialismo recibieron el respaldo de más de 9 de cada 10 electores. Los votos blancos y anulados mostraron la principal y más radical fuerza de oposición, superando a la totalidad de las expresiones de izquierda.

Nadie que no sea uno de los tres «presidenciables» puede proclamarse satisfecho y victorioso. Si lo hace, o bien carece de la más elemental comprensión del proceso en curso, o bien es un oportunista que busca su lugar en el sistema burgués a punto de colapso, lo cual no hablaría tanto de sus condiciones morales como de su incapacidad teórica y política.

Patético final de una farsa histórica

El primer y principal derrotado en esta medición es el oficialismo. Al colocar como su candidato a Daniel Scioli la presidente Cristina Fernández corroboró algo que la UMS sostuvo desde el primer momento y durante 12 años: no existió ni puede existir una corriente política definible como «kirchnerismo» (¡¡no se diga ya de «sciolismo», «macrismo» o «massismo»!!). Una corriente política existe, si lo logra y al margen de la corrección de sus postulados, a partir de un proyecto de país basado en premisas sólidas, una estrategia y un conjunto humano capaz de llevarlo adelante. Nada de eso existió jamás en el elenco gobernante, inicialmente encabezado por Néstor Kirchner. Éste nació como delegado de Eduardo Duhalde. En estado de completa indefensión se aferró al proceso latinoamericano por entonces naciente, sin compartir (antes, durante, ni después) ninguno de sus postulados. Basta recordar los patéticos discursos de Kirchner durante la campaña legislativa de 2009 vociferando la palabra «modelo» como única propuesta, sin jamás definir en qué consistía ese socorrido latiguillo, para comprobar la estafa de la que fue víctima un sector de la militancia y la población que los votaron. No por casualidad aquella campaña terminó en vergonzosa derrota del ex presidente a manos de un desconocido candidato prefabricado. Luego vino su renuncia a la presidencia del PJ y el inicio de un zigzagueo incoherente al que puso fin su muerte.

Pero hay que recordar que antes de eso, el «modelo» era la no menos trillada «transversalidad», engendro antes utilizado por el centrismo que desembocaría en el estallido del gobierno de la Alianza en diciembre de 2001. Tras el fracaso de esta insensata táctica -que llevó al radical Julio Cobos a la vicepresidencia- Kirchner viró en redondo, dejó de insultar al «pejotismo» y se hizo nombrar presidente de ese aparato vacío y mafioso, al cual renunciaría tras el revolcón de 2009.

Ya viuda, su sucesora abandonó el «pejotismo» y se refugió en un redivivo «frepasismo» a partir de fines de 2010. En ese punto, Fernández no sólo hizo un viraje político. También hizo una opción de clase y buscó apoyo en los sectores medios más corrompidos y voraces, chocando de frente con la clase obrera, aun en su distorsionada y no menos oportunista representación sindical. Con eje en un ex represor, miembro del tenebroso batallón 601 que ahora funge como dirigente sindical, Gerardo Martínez, y en un desdibujado epígono de la JP de los 70 a quien puso como jefe de gabinete, la presidente ensayó un nuevo atajo, al que hemos denominado «frapasocris-tinismo». Por las mismas razones que explican en absurdo electoral del 9 de agosto (en primer lugar el respaldo sindical y la increíble ceguera de la socialdemocracia y las izquierdas), Fernández fue reelegida pese a la ciénaga económica sobre laque se apoyaba. Tras la rotunda victoria es que el gobierno comenzó a aplicar en toda la línea un plan de rescate de típico cuño «neoliberal» (como dicen quienes no quieren hablar de recurso clásico para sanear el capitalismo). Quedó atrás el «frepasocristinismo» para dar lugar al «cristinismo» puro.

Esta deriva a los tumbos tuvo su inevitable desenlace: la designación como candidato presidencial de un menemista de pura cepa. Y un corolario no menos previsible: su aceptación por todo el arco cobijado bajo el inexistente «kirchnerismo», sin excluir a los restos desharrapados del antiguo Partido Comunista, gratificado por su conducta con el puesto 19 en la lista de candidatos al Parlasur.

Claro que este recorrido se sostuvo en una contrapartida contante y sonante. La pavorosa corrupción a todos los niveles superó el antecedente magnífico legado por Carlos Menem. Y es de tal magnitud y de tal chapucería («modelo», dirían los acólitos) que resulta insostenible para el más elemental sentido de continuidad institucional burguesa.

Con la señal aquiescente del Papa y el compromiso con Scioli de que la catarata de juicios contra Fernández y su elenco sería desactivada bajo su gobierno, la Presidente designó a quien hasta ese momento había descalificado y denigrado por todos los medios. Las atónitas columnas de la armada Brancaleone arrastraron los pies para ponerse en fila. Por si faltara algo, Fernández impuso también a su homónimo Aníbal para la candidatura a gobernador de Buenos Aires, precisamente en el momento en que se reavivan las denuncias por su alegada participación dirigente en el negocio del narcotráfico e incluso en el asesinato de tres compinches en 2007, quienes para colmo eran aportantes en la campaña electoral de la entonces elegida presidente bajo el mando de su esposo.

En su etapa de abandono del poder, en esto consiste la primera gran derrota del elenco que gustó denominarse «kirchnerismo» antes de sucesivas metamorfosis. Primera pero no principal. Porque la burguesía y sus mandantes, acordes con Francisco para imponer como presidente al motonauta, vacilan frente a la garantía de caos inmediato que significaría un gobierno que, si alcanzara la meta, lo haría por escasísima diferencia, con rechazo extendido a todas las capas sociales. Así, el gran capital revisa la posibilidad de hacer que la balanza se vuelque en octubre a favor de Mauricio Macri, el discípulo de José Aznar y Álvaro Uribe, hoy transfigurado y aliado con los socialdemócratas de la UCR.

Como sea que se desenvuelva este fin de fiesta, Fernández y los suyos estarán en la picota a partir de diciembre. No hay acuerdo en la llamada «oposición» con la propuesta -también sugerida desde Washington y el Vaticano- de una «Conadep de la corrupción». Pero la puja entre Macri y Massa, aguijoneada por los restos de la socialdemocracia, abre espacio para que en ese sentido la lógica política lleve mucho más lejos de lo que sus titulares pretenden.

La alegoría (Conadep fue el organismo que fundó los juicios contra los militares) es inequívoca: así como el capital pudo sanearse políticamente a partir de 1983 con los juicios contra militares a los que antes lanzó como fieras contra la clase obrera y el pueblo, la única opción manejada en esta coyuntura para revalidar títulos y continuar, siquiera por un período, con la farsa de la democracia burguesa, es enviando a la cárcel a los responsables de un latrocinio obsceno y además recuperar los bienes robados. La operación empieza por la Presidente, cuyos números harían sentirse frustrado al más desenfrenado político del peor gobierno imaginable en el planeta. Todo es más grave aún cuando al simple dato de la corrupción desmesurada se suma el flagelo del narcotráfico, tomado además como caballito de batalla por la iglesia argentina y el Papa.

Así, las Paso dejan a la luz el inglorioso fin de una farsa avalada por toda la burguesía para salir del marasmo de 2001, que en sus fundamentos económicos y sociales reaparece a la vuelta de tres lustros, sólo que ahora sin el PJ, sin la UCR y con el aparato sindical fragmentado y debilitado como nunca antes. El alud sepulta el insustentable concepto de «kirchnerismo». Tras la ilusión, el fantasma de 2001 reaparece con rasgos más amenazantes para el capital, que en lugar de partidos se encuentra con retazos inconexos de su antigua estructura dominante y en lugar de dirigentes respetables recoge figuras sobresalientes por su incapacidad, estolidez e inmoralidad. Además, existen cinco pseudocentrales sindicales y ningún dirigente con prestigio ante las masas. Esto obra contra los trabajadores, pero a la vez supone la inexistencia de un órgano efectivo de control de las masas. En la medida en que no hay una alternativa revolucionaria, ese cuadro impide la gobernabilidad burguesa y a la vez amenaza a la clase trabajadora .

Papel de las propuestas revolucionarias

Dejamos para una próxima edición de Eslabón el impacto y significado que la coyuntura en Argentina tienen para América Latina en general y para los países del Alba en particular. Aquí enfocamos el aspecto fronteras adentro, inseparable en otro sentido que el de la exposición respecto de la coyuntura regional e internacional.

Tomamos sin embargo como centro un aspecto fundamental de ese nexo para considerar el papel de las izquierdas y de las propuestas revolucionarias en su sentido más amplio: el lugar que ocupa el Alba en la posible recomposición teórica, estratégica y organizativa de las fuerzas antimperialistas y anticapitalistas en Argentina.

Eso implica, desde luego, una evaluación crítica de las políticas de los gobiernos del Alba respecto de Argentina. Pero esa crítica está subordinada a una coincidencia y respaldo general. Será especificada, como se señala, en un próximo balance, esta vez de la marcha del Alba, del conjunto regional y de la ofensiva imperialista en marcha a toda vela.

Aquí se trata de afirmar que sin definición de política de masas y sin interpretar el caso nacional como parte del fenómeno regional e internacional, las izquierdas de Argentina no hallaremos el rumbo para resolver el penoso espectáculo de desprecio por la teoría marxista, fuga anárquico-individualista de miles de activistas, desviaciones en todos los sentidos, desagregación organizativa e impotencia política.

Quien se ubica al margen del proceso revolucionario que creció en América Latina desde comienzos de siglo y ahora afronta un punto de definiciones y acciones cruciales, estará no ya por fuera sino francamente en contra de una perspectiva de recomposición. Hay un límite para que la certeza de la mayor capacidad intelectual en términos de individuo u organizaciones no se convierta en lisa y llana enfermedad. Y no nos referimos aquí a la aludida por Lenin. En la medida en que se observan conductas capaces de dictaminar desde una persona o una limitadísima estructura sobre las tácticas a llevar en cualquier país del mundo y en cualesquiera situación, estamos ante casos a ser analizados por otras disciplinas.

Nuestros maestros -Marx, Engels, Lenin y Trotsky, entre tantos otros- jamás incurrieron en tales desvíos. Así como estamos dispuestos a asumir los costos de una delimitación teórico-estratégica con todo el arco que se considera la izquierda de este gobierno, asumimos idéntica conducta para con organizaciones y cuadros políticos que se sienten capaces de proponer un rumbo positivo a partir de superficiales condenas a dirigencias y procesos de masas, basadas en desaprensiva ignorancia cuando no en la tergiversación de los hechos. La necesaria -imprescindible, insoslayable- crítica a esos procesos no puede hacerse sino desde la identificación plena con las fuerzas de masas y las dirigencias emergentes, porque eso ocurre en el marco de la consumación de una derrota histórica del proletariado mundial, iniciada con la degeneración de la Revolución Rusa a mediados de los 1920 y culminada con el desmoronamiento inglorioso de la Unión Soviética. En ese prolongado y terrible período, todas las fuerzas de la revolución se degradaron, tanto teórica como política y organizativamente. Quienes retomaron la continuidad de la línea de acción revolucionaria no podían dejar de pagar el precio obligado por el punto de partida que les tocó en suerte. Desconocer ese dato elemental descalifica a cualquiera que incurra en tal prueba del más puro idealismo. Tanto más si luego es incapaz de ganar una elección interna. Pero de pareja gravedad si por circunstancias de momento la gana.

Involucrarse política y organizativamente en el esfuerzo estratégico cuya primera y hasta el momento más elevada expresión está en el Alba, es una exigencia para quienes se dispongan a la ardua batalla por la recomposición de fuerzas en Argentina. Ha de tenerse en cuenta que la vanguardia en la concepción y desarrollo del Alba, el camarada Hugo Chávez, intentó coronar ese proyecto con la creación de la V Internacional. Quienes cambiaron esa perspectiva por una insignificante candidatura a presidente o concejal, no tienen autoridad política -tanto menos moral- para criticar a la Revolución Bolivariana de Venezuela.

Desde el compromiso con esa Revolución, en el ejercicio pleno de las más rica tradición revolucionaria marxista, sí es posible e imprescindible la crítica, en este caso no sólo ni principalmente de lo actuado en los últimos 14 años, sino del qué hacer de ahora en adelante.

Para las izquierdas que deben acometer esa tarea el balance electoral deja un saldo inequívoco. La derrota eliminatoria del precandidato presidencial del PO a manos del Pst concluye toda una pequeña historia de pugnas intestinas y, a término, tiende a redoblarlas en una presumible dinámica de disgregación, que a su vez afectará por doble vía al vencedor de esta batalla menor. Otro es el mensaje sin embargo para Mas, Mst y otras siglas que siquiera pudieron pasar a disputar las presidenciales y están desde ya mismo exigidas a adoptar una posición frente a octubre, cuando no podrán participar sino como adláteres del Fit o cambiando drásticamente el concepto que los llevó a participar de las Paso.

Capítulo aparte merece la sigla Frente Popular, expresión electoral de la CTA no oficialista, que alcanzó un 0,5% de los votos nacionales (su candidato en Capital Federal obtuvo 10 mil sufragios), es decir… ¡una séptima parte de lo logrado por el Fit! Este desempeño, coherente con la conducta antidemocrática, autoritaria y manipulatoria de un pequeño grupo de personas, supone un suicidio político que arrastra a la CTA y quienes la apoyaron electoralmente en las Paso. También en este caso se llega al fin de un período y se abre una incógnita de difícil resolución para la militancia honesta y esforzada de la CTA.

Cualesquiera sean los matices en la valoración que se haga de este resultado incontrastable, así como de la eventual deriva del Fit, y en otro plano del Mas y el Mst, es claro que ninguna de estas instancias podrá ser el eje de reagrupamiento de la militancia antimperialista y anticapitalista. Seguramente no para lo que resta del proceso electoral, pero tampoco para afrontar lo que viene al interior del movimiento sindical. Resolver esa doble falencia es la primera y más importante tarea del activo militante y la vanguardia revolucionaria.

Octubre y después

Para las presidenciales del 25 de octubre hemos propuesto ya la conformación de una Mesa Organizadora del Rechazo Popular que defina el contenido de un Voto Protesta y lance una campaña nacional uni-ficada para presentarlo como opción. Aparte el sector de la abstención potencialmente recuperable (no menos de un 10%) y el 5,3% de votos en blanco y anulados, hay un potencial muy grande de posibles adherentes a esta propuestas en las propias filas del oficialismo, en el fallido bloque socialdemócrata y en innumerables formaciones que a lo largo del país buscaron expresarse electoralmente a través de diferentes variantes en las Paso.

La UMS levantó en 1997 esta opción negativa de choque frontal con el sistema. En esa oportunidad tuvo un escaso aunque sensible resultado. En 1999, el impacto fue considerablemente mayor. Y en 2001, la suma de blancos y anulados fue la primera minoría en el resultado legislativo.

En un cuadro por cierto diferente, levantamos el Voto Protesta para las Paso, en consonancia con lo asumido por otras pequeñas organizaciones y grupos militantes (ver Eslabón N° 129: www.uniondemilitantes.com.ar). Ahora, frente a la consumación de la trampa que lleva a avalar en octubre a uno de los tres candidatos del imperialismo, es imprescindible realizar los mayores esfuerzos para conformar una amplia coalición que se aúne en una Mesa nacional y organice un rechazo común como base para un inmediato proceso de debate, afirmación y recomposición de fuerzas.

Paralelamente, urge definir una línea estratégica de intervención sindical y aprontarse para movimientos tácticos en ese terreno, que la hagan posible al calor de una inevitable reactivación de las luchas económicas antes y sobre todo después de diciembre.

Como lo hemos hecho desde que el Congreso de Trabajadores Argentinos -del que fuimos parte fundadora- decidió en 1995 reformularse como Central de Trabajadores Argentinos, cambio contra el que nos pronunciamos sin rodeos al punto de negarnos a la incorporación a la nueva CTA, defendemos la unión del conjunto de la clase obrera -con y sin ocupación- en una central única. La fragmentación en cinco pseudo centrales fue un factor clave en la posibilidad de la burguesía y el imperialismo de manipular a las masas desde 2002 y completar otro ciclo de saqueo y degradación. La utilización de la CTA para avalar al Frepaso, la Alianza y luego al gobierno actual, tuvo el mismo significado. Es hora de acabar con eso. Las corrientes sanas de la CTA y otras fracciones clasistas y de izquierda están ante la obligación de conformar, con todas sus diferencias y sin resignar pertenencias históricas e ideológicas, una tendencia unificada que bregue por la convergencia de todas las pretendidas centrales y se integre a ella desde una perspectiva programática común, con una estructura propia capaz de operar centralizada y disciplinadamente al interior de una eventual CGT única y con el propósito explícito de que el movimiento obrero tenga una participación política con autonomía e independencia de los aparatos partidarios burgueses y las cámaras empresariales.

Mientras la prensa comercial gira como beodos en torno a la posibilidad de victoria de Scioli y la necesidad de alianza entre Macri y Massa para evitarlo, el activo sindical y político ajeno a estas maniobras del capital tiene la posibilidad de abocarse ya mismo a esta tarea. Reiteramos nuestra convocatoria de Eslabón anterior para lanzarnos sin demora a darle cuerpo organizativo y realidad militante a esta propuesta.

Argentina, 16 de agosto de 2015

Eslabón 130